Pocahontas, by Flickr, by J.Stephen Conn

Elisabeth Warren es senadora norteamericana por Massachussets. Es una abogada experta en derecho financiero, determinada a que no se engañe, de nuevo, a las clases medias, y no se busque la ruina de millones de personas con la promesa del crédito fácil y la posibilidad de alcanzar todos los sueños que tengamos. Warren sabe de lo que habla. El presidente Donald Trump la llama ‘Pocahontas’, y arremete contra ella, porque Warren se propuso desenmascarar a Trump con toda su energía, que es mucha.

Elisabeth Warren era Elisabeth Herring, la hija del señor Herring, nacida en el seno de una familia de clase media de Oklahoma, metodistas conservadores, seguidores del Partido Republicano. Habían sobrevivido a la gran sequía de la década de 1930, el llamado Dust Bowl (Cuenco de Polvo), como explica George Packer en ese enorme libro que deberíamos releer constantemente titulado El desmoronamiento, treinta años de declive americano (Debate).

Elisabeth viajó a la costa. De pequeña experimentó cómo su propia familia caía en la escala social, cómo su padre, con problemas de salud, tras un ataque de corazón, perdía posibilidades laborales, y cómo su madre volvió a trabajar, con lágrimas en los ojos por dejar el hogar, teniendo en cuenta el contexto histórico y social de mediados de los años 60. Elisabeth se casó, con un ingeniero de la NASA, y adoptó el apellido Warren. Pero se divorció, dispuesta a seguir su carrera profesional, que, sin quererlo, pasó de su licenciatura en logopedia por la Universidad de Houston al mundo del derecho, dispuesta a saber qué ocurría con las quiebras familiares, y qué había hecho el Gobierno federal.

Sus investigaciones le abrieron un mundo nuevo. Su republicanismo cayó en saco roto. Se había afiliado al Partido Republicano porque apoyaba el mercado libre, que, según ella, estaba demasiado controlado por el Gobierno. Pero descubrió que las desregulaciones de los Republicanos, a partir de los ochenta, habían dejado a la intemperie a esas clases medias que ella pensaba que se protegían con verdadero celo. Todo lo contrario.

 

La desregulación, en contra de la clase media

Se fueron al carajo tres grandes principios, que estaban protegidos por la legislación norteamericana: la Corporación Federal de Seguro de Depósitos decía al norteamericano: tus depósitos están seguros en el banco; la Ley Glass-Steagall sentenciaba: los bancos no pueden hacer locuras con el dinero de cada uno; y la Comisión de Bolsa y Valores señalaba que los mercados de valores serían objeto de un estricto control. Todo eso se fue difuminando.

Warren quería saber por qué el Congreso había facilitado el procedimiento para declararse en quiebra. Su actitud era severa. La premisa de Warren era que los norteamericanos se declaraban en quiebra a la mínima porque se comportaban, en realidad, como unos holgazanes. Pesaba en su mentalidad su compromiso religioso, su poso metodista conservador. Pero halló otra cosa y supo entender que era necesario luchar para que el poder financiero se viera limitado.

Supo ver que muchas personas se declaraban en quiebra pese a ser responsables, pese a esforzarse al máximo, pese a comportarse como verdaderos miembros de esa clase media tan apoyada retóricamente, pero olvidada y humillada, y que ha acabado, en parte, en manos de Trump por desesperación y por las malas artes del actual presidente de Estados Unidos. Entendió Warren que el mecanismo estaba viciado, que, ante la congelación o la bajada de salarios, el sistema lo trató de compensar con la oferta de créditos baratos, que podían ser la soga en el cuello de las clases medias y medias-bajas.

Warren lo expuso en un artículo en 2007 que leyó con verdadero interés Barack Obama. Warren proponía la creación de una nueva oficina para la protección financiera del consumidor. El inicio del artículo es de aquellos que llama la atención porque va directo al problema:

Es imposible comprar un tostador que tenga un 20% de posibilidades de empezar a arder e incendiar tu casa, pero sí se puede refinanciar una vivienda con una hipoteca que tenga ese mismo 20% de probabilidades de acabar en un desahucio de una familia completa. Y la hipoteca ni siquiera lleva una etiqueta que informe sobre ese riesgo”.

 

Obama se entusiasmó con Warren, pero…

Obama se entusiasmó con la idea. Y, poco después de ser nombrado presidente, Warren fue nombrada presidenta del panel de expertos a cargo de supervisar los fondos para el rescate, después de la enorme crisis provocada por los embargos inmobiliarios.

En Washington, Warren no cuajó. Su vocabulario directo, su propia estética, poco dada a la sofisticación de la elite de la capital federal, incomodó a todos. El secretario del Tesoro, Timothy Geithner, montó en cólera, por la intervención dura de Warren en una sesión de supervisión. Y Obama anunció que nombraba a Richard Cordray, sustituto de Warren, como responsable de la nueva Oficina para la Protección Financiera del Consumidor. Eso sí, como relata George Packer, el presidente le dio un beso a Warren en la mejilla.

Elisabeth Warren se marchó a Massachussets. Fue elegida senadora. Y ahora es una de las voces interesantes del Partido Demócrata. Puede ser la gran candidata que se enfrente a Trump. La ‘Pocahontas’ que, desde el seno de una clase media metodista conservadora, sepa leer el problema real de la economía norteamericana: ese poder financiero desregulado que sabe sortear siempre los ataques y las críticas, y que ha sabido contar con un hombre como Trump, que dice defender a la clase media.

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