En España las posiciones progresistas han aplaudido el voluntarismo de Mario Draghi al frente del Banco Central Europeo. Han alabado su determinación por ir más allá de lo que tiene encomendado, a pesar del control del Bundesbank y de la ortodoxia alemana. Y es verdad que el BCE ha solventado la papeleta, y los países del sur de Europa, como España, han podido capear el temporal, incluso con tasas de crecimiento destacables, en el caso español.

Pero las políticas expansionistas de los bancos centrales no son inocuas. Pueden paliar una situación de extrema complicación, pero la idea es que ejerzan de puente –deberían– para que el motor que debe mover la economía, el sector privado, se ponga en marcha. Y eso no acaba de suceder, principalmente en Europa. Por eso, algunos expertos han comenzado a criticar con fuerza ese papel de los bancos centrales, que siguen siendo protagonistas.

Mohamed A. El-Erian es uno de ellos. Lo refleja en Lo único importante, cómo evitar el próximo e inminente colapso financiero (Deusto). El-Erian es asesor económico jefe de Allianz, la empresa matriz de PIMCO, y fue director adjunto del FMI. Lo que apunta es que la política expansiva, con bajos tipos de interés, con la compra masiva de bonos, lo que ha comportado la expansión de sus balances contables “ha tendido a favorecer a los ricos, puesto que estos últimos se hallan en posesión de una cuota desproporcionadamente grande de los activos financieros que los bancos centrales respaldan con su actuación”.

Esa política, por tanto, ha sido contraproducente, porque los que deberían haberse beneficiado de ello, como las pequeñas y medianas empresas, los ciudadanos de a pie, o los jóvenes que necesitan una oportunidad, no lo han hecho.

Los bancos centrales no lo han decidido por sí mismos. Han actuado, porque no había a disposición otros instrumentos, porque les han dejado solos –los gobernantes—frente al problema de la falta de crecimiento. Lo que explica El-Erian es que el verdadero debate no se afronta. Es decir, no se pregunta si las políticas no convencionales de los bancos han contribuido a la desigualdad, “porque sí, han contribuido a ella”, sino lo que se debate de verdad es si ese resultado se verá compensado con los beneficios económicos que se puedan lograr en el futuro. Y respecto a eso, el autor de Lo único importante, se muestra bastante escéptico.

Un trabajo contraproducente

Lo que han conseguido los bancos centrales puede ser contraproducente a medio plazo. Los más beneficiados han sido los gobiernos, y justo después las empresas no financieras. Uno de los datos que se ofrece es un estudio del McKinsey Global Institute, que ha estimado en 1,6 billones de dólares el ahorro conseguido por los gobiernos de la eurozona, el Reino Unido y Estados Unidos entre 2007 y 2012, y en 710.000 millones de dólares el de las empresas no financieras en las mismas zonas geográficas. Unos números que se han agigantado en los años posteriores y hasta la actualidad.

En cambio, en el otro lado, la parte más castigada ha sido la de los ahorradores, familias de edad avanzada, con valores de renta fija a corto plazo (como certificados de depósito) y los que tratan de comprar nuevas rentas vitalicias a las aseguradoras para garantizarse el retiro.

Si los bancos centrales debían actuar como motores de arranque, todavía no lo han conseguido. Y eso es lo que hace temer que se esté en un proceso de estancamiento estructural, que provoca una desigualdad creciente. Sin respuestas rápidas, esa desigualdad llevará a movimientos políticos, a respuestas populistas que están creciendo en toda Europa. Es como si los gobiernos lo hubieran dejado todo en manos de los bancos centrales, de la política monetaria, y no quisieran aceptar las consecuencias de que esas recetas no acaben funcionando.

A izquierda o derecha

El-Erian lo explica con claridad, al entender que estamos en un proceso que gráficamente se puede ilustrar como una gran T. Lo que ha ocurrido hasta ahora es que las políticas que se han aplicado no han conducido a un crecimiento vigoroso de los ingresos y los sueldos, que pudiera compensar los efectos desfavorables a corto plazo. Y producto de ello se ha producido una amplia, “comprensible”, según el autor, reacción contra la desigualdad que amenaza con llevarse a los propios bancos centrales.

La disyuntiva que plantea la T de El-Erian parece clara. El primer camino, pongamos el que gira a la izquierda, implicaría un crecimiento inclusivo –el mayor número posible de ciudadanos—con creación de empleo, y la reducción de riesgos financieros, reduciendo la desigualdad. El segundo camino, el que gira a la derecha, implica un crecimiento todavía más reducido, con mayor inestabilidad financiera, que da alas al extremismo político y erosiona la cohesión social.

No hay nada decidido, como también apuntan otros expertos, como Rajan, gobernador central de India. Para El-Erian, tanto el sector privado como el público tienen una gran capacidad para decidir el camino que se puede transitar. Llegados a este punto, y después de casi diez años del estallido de la crisis financiera mundial que derivó en crisis económica, los responsables políticos de Europa, de Estados Unidos, o el Reino Unido, –los que lo dejaron todo en manos de los bancos centrales–, deben tomar una opción, sabiendo las implicaciones de cada una de ellas.

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