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La historia se debe conocer. En gran medida porque aparecen aspectos que se consideran nuevos, y que responden, en realidad, al poso cultural y político que todas las sociedades acaban acumulando. En el mundo del periodismo casi todo se ha inventado ya. Y por ello es muy sano recuperar a nuestros bisabuelos y abuelos, para conocer, de primera mano, qué ocurría en aquellos periódicos de papel que tenían el apoyo de los lectores, y lograban la animadversión de las autoridades.

Es el caso de El Diluvio, que en los años de la II República llegó a ser el segundo diario en importancia de la ciudad de Barcelona, con una tirada de 150.000 ejemplares. El rotativo se definía políticamente como republicano y federalista, y se inspiraba en la figura de Francesc Pi i Margall. Pero no era un diario político.

La ambición era la de cualquier empresa, la de ganar dinero, influyendo claro, un objetivo que mantienen ahora todos los medios de comunicación. O casi todos. Pertenecía a la familia Lasarte, vinculada desde la fundación del periódico, en 1858, con el nombre de El Telégrafo. De hecho, esa fue una constante en los periódicos de la época, el cambio de nombre en función de los problemas que causaba a los distintos regímenes políticos.

En El Diluvio la característica fue siempre esa, la de ofrecer la cara más contestataria. De forma maliciosa, una de las definiciones que se ofrecieron sobre el periódico corresponde a un periodista madrileño, Juan Valero de Tornos, quien encontró una respuesta a su éxito comercial: “Se vende prodigiosamente porque siempre encuentra eco al hablar mal de todo y de todos”.

El relato sobre lo que significó lo ha recuperado ahora el periodista Gil Toll, en una feliz iniciativa. El Diluvio, memorias de un diario republicano y federalista de Barcelona (1858-1939), editado por Ediciones Carena, recoge textos de Jaime Claramunt y Frederic Pujulà, director y subdirector del periódico en la última época.

Se trata de aquellas cosas difíciles de explicar, que acaban siendo una historia de tesón para alegría ahora de los lectores contemporáneos. Y es que la edición del libro se ha realizado a partir de documentos localizados en Cuba, con la colaboración de historiadores locales. Claramunt pasó sus últimos años en Cuba, donde, de hecho, había nacido. En los años 40 del pasado siglo, el periodista colaboró en la radio pública cubana, y protagonizó una sección dedicada a sus recuerdos como director del periódico a finales del siglo XIX y hasta la guerra civil. A todos los cubanos les explicó historias, a través de las ondas, sobre su relación con Lluís Companys, o con personajes como Andreu Nin, o Ángel Pestaña.

La figura de Dencás

Vale la pena leer ahora aquellas crónicas, las de un periódico combativo, que llegó a bordear, con un tono demagógico y casi insultante, los límites de la profesión. Algo, de hecho, nada extraño si lo comparamos con lo que ha ocurrido en los últimos años en el conjunto de España.

Destaca, entre un sinfín de anécdotas e informaciones, el relato de Claramunt sobre los Hechos de Octubre del 34, y la figura de José Dencás: “Luis Companys, que jamás fue separatista, que en todas ocasiones procedió como republicano federal, en un momento de impremeditación lamentable, se dejó influir por separatistas exaltados y creó un tremendo conflicto en Cataluña”.

Y añade, en unas páginas impagables, “El que tan decisiva influencia ejerció en el ánimo de Luis Companys no era un hombre de privilegiada inteligencia ni de gran carácter. Era menos que una mediocridad, un insignificante. Se apellidaba Dencás, y si no vivía en la miseria, ello se debía a su matrimonio con la hija de un acaudalado médico que actuaba como cacique de los catalanistas reaccionarios en la barriada barcelonesa de San Andrés de Palomar”.

La historia del diario se debía recuperar, y ahí ha estado Gil Toll, con un enorme trabajo. Detrás de El Diluvio queda la barbarie, porque el dueño, Manuel de Lasarte, acabaría en prisión y moriría en la cárcel Modelo poco después. Pujulà fue condenado a muerte y se salvó tras gestiones muy complicadas. El diario fue expropiado por los vencedores de la Guerra Civil, y la rotativa nunca pudo ser recuperada por la familia, que acabó en la prisión de Alcalá, sirviendo para editar el semanario Redención que se distribuía en las penitenciarias de toda España.

¡A leer! ¡Y no hagan comparaciones!

 

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