8009635371_eddfc90ef0_z (1)

Francia lo pasa mal. En España existe un sentimiento ambivalente respecto al país vecino. Nos gusta, porque es un estado más desarrollado, pero no compartimos esa arrogancia, que les lleva a pensar que son el centro del mundo. Pero, a pesar de esas posiciones enquistadas en el tiempo, deberíamos analizar qué puede hacer Francia por el conjunto de europeos, por la construcción de la Unión Europea, y por el equilibrio económico, ahora que Alemania se enfrenta a un problema de credibilidad con la crisis de Volkswagen.

Algunos autores como Kenneth Rogoff, han considerado que Francia podría ser un bueno modelo, pero siempre que sea capaz de reformar su economía para adaptarla a las exigencias de la globalización. Sin embargo, la cuestión es que Francia no debe cambiar como un calcetín, no debe afrontar cambios drásticos, porque puede ser un modelo de capitalismo inclusivo, en un momento en el que más que el liberalismo quien lleva las riendas mundiales son las posiciones libertarias, dispuestas a cargarse todas las regulaciones de los estados.

A modo ilustrativo, podríamos pensar entre un Citroën C5, y un Volkswagen Passat. Al margen del gusto de cada cual por la estética, el coche francés presenta prestaciones igual o mejores que el vehículo alemán. El primero lleva un motor Hdi, 2.0, con 138 cv; el segundo un motor Tdi, 2.0, de 140cv –pertenece a los motores trucados para vulnerar los controles sobre contaminación.

El mito de las horas trabajadas

Hay mitos que habría que desmontar. Uno de ellos es que la legislación francesa permite trabajar menos horas a los trabajadores. Y, es cierto, la semana laboral es de 35 horas, pero el tiempo laboral efectivo por semana es cercano a las 39 horas, porque existe flexibilidad a la hora de realizar horas extras.

El problema lo encontramos cuando vemos la proporción sobre el PIB del gasto público. En Francia esa relación es del 57% del PIB, por el 44% de Alemania. Es un porcentaje excesivamente alto, tal vez, pero ello no nos debería llevar a apostar por porcentajes muy por debajo del 50%. Dependerá de la efectividad de ese gasto público. Eso es lo que se debe analizar en cada país.

El PIB per cápita de Francia es un 10% inferior al de Alemania, y es verdad que en la última década el poder de las empresas francesas en el exterior se ha visto disminuido. En ese apartado surge España –debería ser motivo de orgullo—con una fuerza enorme. Entre 2009 y 2013 –años de grave crisis económica—las exportaciones de Alemania crecieron el 154%. Le siguió España con el 127%; el Reino Unido, con el 98%, Francia, con el 79% e Italia, con el 72%.

La fama de los gerentes franceses

Pero Francia sigue manteniendo un intangible, y es su posición política, y su capacidad de liderazgo, algo que Alemania, aunque ha decidido intentarlo, sigue sin acabar de demostrar. La paradoja, además, es que Alemania hace más de una década que abandonó su modelo de capitalismo renano, y decidió competir a la anglosajona, abrazando el capitalismo más desacomplejado, como se ha comprobado con el escándalo de Volkswagen, un símbolo nacional.

Una de las características de Francia, como ha recordado Rogoff, es que sus gerentes de primer nivel están considerados entre los mejores del mundo. Dirigen, porque son llamados para ello, muchas empresas internacionales. Y, a pesar de que ningún país escapa por completo a ello, la corrupción no se ha hecho extensiva.

Al margen de sus problemas internos, y no el menor es que Francia, pese a la atracción que suscita entre los jacobinos españoles, no administra bien la pluralidad –la legislación francesa prohíbe reunir información con criterios étnicos, y se sabe que el desempleo es mucho mayor entre los colectivos de inmigrantes y en sus descendientes— el país vecino puede y debe ser el motor que necesita Europa. Pero no sólo Europa, porque Francia puede contrarrestar ese capitalismo descarnado que está arrasando con los tejidos productivos locales.

Anuncios