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Ha llegado la hora de Francia. Los franceses son los ciudadanos de Europa que entienden mejor la vida. Pese a los grandes problemas estructurales, como en todos los países occidentales, Francia ha sido y es el gran objeto de deseo y admiración de los alemanes, que no se suelen reír mucho. Si todavía no han visto Le Prénom, estrenada en 2012, intenten localizarla. En este blog se ha comentado en otra ocasión, pero es un buen momento para volver a ella.

La película es la adaptación a la gran pantalla de una obra de teatro. Sus mismos directores, Alexandre de la Patellière y Mathieu Delaporte, provocaron las carcajadas de los franceses, que consumen cine francés, no se olviden, con una comedia que arranca con el nombre que el gran Patrick Bruel quiere ponerle a su hijo. Le quiere llamar Adolfo, y ya saben, los franceses no pueden pronunciar ese nombre. Es demasiado duro, máxime porque Francia sigue llevando muy mal que le recuerden que colaboró con el nazismo, y que la resistencia se reducía a una pequeña parte del país.

Saben hacer comedias. Eso es verdad. Tienen una industria del cine maravillosa. Tienen, en realidad, un gran estado. Tanto, que con ironía en determinados círculos de las instituciones europeas se dice que es el único país socialista que funciona. Pero funciona, o funcionaba, tirando de la deuda pública. Y ahora resulta que Francia ha descubierto que no está sola en el mundo. Ha llegado la hora de los recortes, de adaptarse a una realidad que será dura.

La devaluación de España

España ha hecho los deberes. No los ha acabado, pero ha acometido reformas que, sin ser todavía estructurales –y serán necesarias para que el Estado se adapte a la dimensión que le toca por el PIB que produce—le han dado la vuelta a la situación. El sector exportador se ha convertido en uno de los más competitivos de la zona euro, con porcentajes mejores en los últimos años que la propia Alemania. El coste, claro, ha sido una dura devaluación interna, con un paro todavía excesivo. Pero España ha asumido que no debe repetir nunca lo que le ocurrió en la década que va entre 1997 y 2007, con un déficit exterior que llegó a ser del 10%. Es decir, ningún país puede funcionar esperando que otros le paguen lo que consume.

Y ahora es Francia quien debe asumir ese mismo hecho. Porque si España llegó a tener superávits en sus presupuestos, en la etapa del presidente Rodríguez Zapatero, e inició la crisis de 2007-2008 con una deuda pública que no llegaba al 40% del PIB, Francia acumula 40 años de déficit público. Desde 1974 no presenta un superávit. Y los impuestos, que ya son muy altos, no pueden ser ya la solución para seguir gastando lo que no se ingresa.

El objetivo inicial de Hollande

El presidente francés, François Hollande, es consciente de ello. Pero pretendía acometer esas reformas de forma más llevadera, con la ayuda de Alemania, en su intento de hacer ver a la cancillera Angela Merkel y a la Comisión Europea que la reducción del déficit público debería relajarse en el tiempo. Sin embargo, pese a los informes del FMI en los que ha demostrado que Europa no ha conseguido superar la crisis, y que las recetas tan severas han resultado contraproducentes, Francia es el gran obstáculo ahora para asegurar el crecimiento de la zona euro. Una cuestión es relajar el calendario para rebajar el déficit y otra no hacer nada, o hacer muy poco.

Hollande, con unos índices de popularidad por los suelos, ha exigido a su primer ministro, Manuel Valls, que reaccionara. Y éste ha sustituido a su ministro de Economía, Arnaud Montebourg, –muy crítico con Merkel—por el joven Emmanuel Macron, liberal, y dispuesto a aplicar el Pacto de Responsabilidad que impulsó Hollande por el que Francia reducirá en 50.000 millones de euros, entre 2015 y 2017, el gasto público.

Más gasto público, crecimiento exiguo

 De hecho, Francia estaría dando la razón a los expertos que consideran que, llegado un porcentaje tan alto –el 57% del PIB está en manos públicas—un aumento del gasto no consigue apenas que la economía crezca. La deuda pública ha aumentado en 30 puntos del PIB desde el inicio de la crisis, en 2007-2008, y ha pasado del 64,2% al 93,5% en 2013. Recuerden que en el caso de España el salto ha sido mayor, pero partía de un 39%-40% y se acerca ahora al 100%.

El hecho es que Francia, lejos de rectificar, ha ido elevando el gasto público, y lo ha aumentado en 4,5 puntos, desde 2007, llegando a ese 57%, el más alto de la Unión Europea. Sólo le supera Eslovenia, con un 59,4%, producto de su reciente crisis financiera, y justo casi en el mismo porcentaje está una de las referencias de todo el mundo, Dinamarca, con un 57,2%, que, por sus dimensiones, y el buen funcionamiento de sus instituciones, se lo puede, por ahora, permitir.

Es difícil sostener, por tanto, que Francia pueda seguir igual. O que la culpa de todo es de Merkel. Porque pese a ese esfuerzo público, el PIB en 2013 sólo creció un exiguo 0,3% del PIB. Y el paro ha alcanzado el 10%.

Porque lo más sangrante para Francia es que Alemania le ha ganado la batalla de la competitividad, cuando hace unos pocos años era al revés. De un superávit comercial del 2,5% del PIB en 1998 ha pasado a un déficit del 2,5% en 2012, y sigue empeorando en los últimos ejercicios. Diferentes estudios de bancos de inversión, que los medios alemanes destacan con fruición, aseguran que los costes laborales deberían bajar en Francia alrededor de un 15% para poder recuperar competitividad. Y eso supondría un recorte de unos 120.000 millones de euros, que podrían conseguirse a través tanto de la rebaja de cotizaciones sociales, de las más altas en Europa, como de los salarios.

Los alemanes cobran menos

La comparación con Alemania es significativa. En 2000, los trabajadores franceses recibían hasta un 8% menos de salario que los alemanes. Pero 11 años más tarde, en 2011, cobraban un 10% más. De esa forma es difícil competir. Visto desde el ángulo francés se podrá decir que los alemanes han perdido derechos y que la devaluación salarial ha sido enorme. Y visto desde las autoridades alemanas lo que se afirma es que Alemania ha ganado un mayor peso en el mundo.

El problema es que los países, todos, no pueden funcionar de forma autónoma si necesitan dinero prestado de forma continua. El debate político es esencial, pero no puede olvidar esa máxima. Francia ha querido esconder ese hecho, pero tras la crisis ya no lo puede hacer por más tiempo.

Ahora bien, una cosa no quita la otra. Siguen realizando unas comedias soberbias. Aman su cine, aman su país y sus grandes empresas, que las tienen. Y se ríen sin complejos de los gestos, las frases ingeniosas, y los diálogos certeros cuando alguien, ese gran Patrick Bruel, quiere ponerle a su hijo el nombre prohibido de Adolfo.

 

 

 

 

Publicado en Voces económicas

 

 

 

 

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