Escalera helicoidal (Roma), por Alfonso 1979

Escalera helicoidal (Roma), por Alfonso 1979

Escalones. Peldaños. Sí, España necesita subir. Siempre ha necesitado alzar el vuelo para homologarse con su entorno europeo. Y lo ha conseguido con brillantez en los últimos treinta años. Pero algo ocurrió en el último decenio con el propio sistema productivo del país, y con la poca energía de los gobiernos que han dirigido la política económica. España tiene un enorme problema respecto a su sistema fiscal, que se ha acrecentado con la crisis, pero que no sólo se ha visto influido por ella. Los expertos han detectado cuatro grandes factores.

El primer factor, claro, es el más determinante. La caída de la actividad económica y el empleo, que provoca una menor recaudación. El segundo factor tiene relación con el cambio en la composición de la demanda. Si el sector exterior es el que tira del carro, los ingresos son menores, porque lo que provoca un aumento significativo de la recaudación es la demanda interna: más ingresos por IRPF, por IVA, por las compras que adquirimos, y por las ventas que realizan las empresas.

El tercer elemento es el propio sistema fiscal, con muchos flancos abiertos, con una estructural potencialmente muy mejorable que el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, no ha querido o no ha podido solventar ahora. Y el cuarto factor, claro, es el incremento del fraude, muy evidente en los últimos años de la crisis.

Eso ha provocado un hecho insólito que Montoro no se atreve a atacar con contundencia, aunque se ha fijado un modesto objetivo que va en esa dirección. Con impuestos homologables a países como Francia o Alemania –pagamos en proporción similar por IRPF o por IVA– el Estado recauda por impuestos el 37% del PIB, según los datos de 2013, cuando la media en los países de la eurozona es del 46%. Son esos los ‘nueve escalones’ que el Gobierno español debería esmerarse en alcanzar. Montoro se ha propuesto, con su reforma, llegar al 39% en 2016. Algo es algo. Pero es que si el 46% es la media, países como Alemania ingresan por impuestos el 44%; Bélgica el 50%, o Francia el 53%.

Y esa es la clave: algo pasa cuando con impuestos homologables no se recauda lo mismo.

Un dato explica gran parte de ese problema. El consumo del IVA, en el primer semestre de 2013 cayó, según los datos del INE, en un 3,1%, incluyendo el público y el privado, como destaca el inspector de Hacienda, Francisco de la Torre en su libro ¿Hacienda somos todos? (Debate, 2014). Pero el consumo sujeto a IVA, derivado de las declaraciones fiscales, descendió en un 9,2%.

Escalera jnj melibeo, by flickr

Escalera jnj melibeo, by flickr

¿Lo han adivinado? Hay fraude. Es una evidencia. De la Torre lo expone de esta manera: “Cuando hay diferencias de este calibre, es evidente que las empresas están dejando más ventas sin declarar, o están falseando sus compras, o muy probablemente una combinación de ambas cosas. No es que no hubiese fraude antes de la crisis, que lo había, y bastante, es que ahora hay mucho más”.

La cuestión es que el Gobierno que preside Mariano Rajoy ha acometido una reforma fiscal que sólo supone una rebaja del IRPF y de Sociedades, sin ser la reforma estructural que se había cacareado y que tanto necesita España. Con el añadido, además, que el país difícilmente se podrá permitir un coste, calculado por el propio Ejecutivo, de 9.000 millones menos en la recaudación.

Es cierto que un mayor crecimiento podría compensar ese descenso, pero los datos no apuntan en esa dirección. Y lo que les llegue a las familias, que, con la reducción de los tipos del IRPF obtendrán entre 20 euros y 400 euros más al año, de media, no será la espoleta para aumentar el consumo interno.

Porque, ¿se puede bajar la recaudación aún más sin bajar el gasto, y cuadrar lo que exige la Comisión Europea? También es cierto que los mercados siguen confiando en España y que la reforma no ha creado, por ahora, síntomas de nerviosismo. La deuda se sigue colocando con facilidad, con una prima de riesgo en descenso.

Sin embargo, el déficit público no se controla. Del 6,62% con el que se cerró 2013, se deberá pasar al 2,8% al finalizar 2016. Eso supone una reducción de 40.000 millones. ¿Cómo lo hacemos? ¿Creciendo al 1% o al 2%, sin apenas inflación, lo que supondría, si estuviera por encima del 2%, liberar recursos por el pago de los intereses de la deuda?

La recaudación está aumentando, es verdad, pero lo hace a un ritmo del 3%, si se tiene en cuenta que el pasado año no se pagaron las pagas extras a los funcionarios, y el dato, por encima del 5% que ofrece el Gobierno podría estar, por tanto, hinchado, porque cuenta también las devoluciones como si fueran ingresos netos.

Más allá, por tanto, de medidas que son positivas, como la reducción del impuesto de sociedades del 30% al 25%, teniendo en cuenta que se reducen deducciones, para hacer efectivo el impuesto –Montoro ha logrado, por lo menos que en el último año el tipo que realmente pagan las grandes empresas del IBEX se acerque al 9%, cuando en 2011 fue del 3,5%– la reforma fiscal no ha sido atrevida. Y no resuelve el verdadero problema de España: recauda menos que los países de su entorno. Montoro, por tanto, no resuelve esa incógnita, que tiene relación con el enorme fraude fiscal.

Pero hay algo más. ¿Es plenamente consciente el Gobierno de que deberá ser muy contundente en 2016, reduciendo gasto –a ver si por fin es gasto estructural y se adapta España a su realidad– para cumplir con las exigencias de Bruselas?

Tal vez sepa que en ese momento acabará de ganar unas elecciones, después de haber bajado, aunque sea de forma mínima, los impuestos. Y, una vez de nuevo en la Moncloa, se vislumbrarán cuatro años más por delante.

Y Dios proveerá.

 

 

Publicado en Voces Económicas

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