Obama, by Katya Horner, by Flickr

Obama, by Katya Horner, by Flickr

Vamos a partir de un principio que, empíricamente, se sostiene en la realidad. Los países con buenas instituciones, que son inclusivos y que buscan que la mayoría de una sociedad pueda desarrollarse en condiciones aceptables, funcionan mejor que los que están dirigidos por elites extractivas y codiciosas. En términos generales, podríamos reducir esas diferencias entre las democracias desarrolladas y los regímenes autoritarios. Lo han dejado claro Daron Acemoglu y James A.Robinson en Por qué fracasan los países, mencionando en este blog en anteriores ocasiones, y en referencia a la actuación del Gobierno español.

Pero la potencia de las relaciones económicas, el modo en el que se maneja la economía global, han dejado en entredicho el papel de la política. Y, por tanto, le ha restado importancia a algunas prácticas políticas que, a priori, pudieran entorpecer el desarrollo económico.

En Estados Unidos esa relación es compleja, y desde Europa se ha visto con un cierto complejo de superioridad lo que ha sucedido en los dos últimos años. La guerra política entre demócratas y republicanos, o, mejor dicho, la lucha titánica de los republicanos para entorpecer al Gobierno federal del Presidente Obama, podría haber paralizado el país. Y no ha sido así.

Los profesores Michael Spence y David Brady, de la Universidad de Stanford, lo han descrito recientemente, al entender que las economías podrían estar a prueba de la política, es decir, que podrían “pasar” de las luchas partidistas.

Los dos autores, además, hacen mención a otro trabajo en Real Clear Politics en el que se refieren con detalle a la experiencia de Estados Unidos. El hecho es que en los seis años transcurridos, desde que estalló la crisis financiera mundial, el país ha presentado mejores resultados que el resto de estados desarrollados respecto a crecimiento, desempleo, productividad y costes laborales unitarios. Y todo ello en el marco de una polarización política enorme, casi de blanco o negro, con duros enfrentamientos. Debemos decir, sin embargo, que esos buenos resultados podrían obedecer también, no únicamente al propio dinamismo y a la flexibilidad del sistema, como destacan Spence y Brady, si no al papel de la Reserva Federal, que obedece a criterios políticos.

Pero, en cualquier caso, la experiencia nos dice que es cierto que la economía se comporta a su aire, sin verse excesivamente afectada por los vaivenes políticos. Aunque la afirmación no puede ser rotunda.

Lo que ocurre en España nos debería llevar a mostrar una gran preocupación. Se han salvado los muebles, se podría decir, pero el abismo sigue cercano. Y el problema de fondo ahora, al margen de las reformas económicas, que siguen a medio hacer, es el choque institucional y político entre el Gobierno de España y el Gobierno autonómico de la Generalitat. Entre el PP y CiU, y el movimiento independentista en Catalunya.

Por ahora, como en Estados Unidos, los efectos económicos son irrelevantes. Y lo son porque no se percibe que el choque sea real. Al contrario de la interpretación del movimiento independentista, que considera que el proceso se puede ver bien, incluso, por los mercados, la idea que prima es que esos mercados no consideran que esté pasando gran cosa. La agencia de calificación crediticia Moody’s ve improbable que la independencia de Catalunya se produzca a medio plazo, en dos o tres años y cree que se producirá un adelanto electoral en Catalunya, que debería reconducir las cosas, ante la negativa contumaz del Presidente Mariano Rajoy a permitir una consulta soberanista.

Moody’s señalaba recientemente que las tensiones independentistas “no tienen impacto sobre la calificación de España y Catalunya” porque cree “improbable” que tenga un efecto práctico. Pero advierte de que podría ocurrir todo lo contrario si la tensión se mantiene en exceso.

Y esa es la lectura que mantiene también uno de los más reputados economistas españoles, Luis Garicano, catedrático en la London School of Economics. Garicano insiste en dos cuestiones. La primera incide en que España no puede considerarse salvada, y que debe mantener todos los esfuerzos para salir del peligro. Su máximo temor es la formación, la poca formación de millones de personas en España que les puede condenar a un paro estructural que afectará de forma irremediable al conjunto del país. Y, como defienden Acemoglu y Robinson, Garicano se muestra preocupado por la calidad de las instituciones políticas españolas

Garicano entiende que España “no está curada”, y que el país corre el riesgo de “sufrir un accidente ante los mercados, que podría llegar por el asunto catalán”. Utilizando sus propias palabras, entre Madrid y Catalunya “hay dos trenes que avanzan en dirección opuesta y el choque parece inevitable”.

En ese caso, la economía “no pasa” de la política y del enfrentamiento institucional. Y las lecciones de Spence y Brady ya no serían tan certeras.