Un Wolkswagen, en Chattanoga Market, by Larry Miller, by Flickr

Un Wolkswagen, en Chattanoga Market, by Larry Miller, by Flickr

Perplejidad. Asombro. Miedo, a fin y al cabo. Los trabajadores en Estados Unidos tienen pánico, como en muchas otras zonas del planeta. El capitalismo ha ido consiguiendo casi todos sus fines. Y, tras la crisis financiera, con la posibilidad de perder el puesto de trabajo, la angustia se ha apoderado de la fuerza de trabajo, muy numerosa en todo el mundo. El retroceso en derechos puede ser considerable.

La prueba palpable de ello ha ocurrido en el estado de Tennessee. Los empleados de una planta de Volkswagen de Chattanooga han rechazado por mayoría poder organizarse en un sindicato. La votación fue reñida, pero ganaron los contrarios a sindicarse, por 712 votos a 626.

Los lobbys, las presiones, acabaron surtiendo efecto, ante la perplejidad de la propia empresa alemana, que vio con buenos ojos que el sindicato más importante del automóvil en Estados Unidos, el UAW, quisiera estar presente. Para Wolkswagen se trataba de crear una estructura similar a la existente en sus plantas en Europa, con consejos de empresa, entre trabajadores y representantes de la empresa.

Pero, ¿qué sucedió? El Partido Republicano y el movimiento Tea-Party siguen haciendo de las suyas. El sur de Estados Unidos ofrece salarios más bajos, y se desea mantener esa situación, para poder, también, mantener la hegemonía política en esos estados todavía más pobres que el resto de la federación de Estados Unidos. Para ello no han ahorrado falsos rumores. Así, el senador republicano por Tennessee, Bob Corker, deslizó la idea de que rechazar la sindicación de los trabajadores era la condición de la empresa alemana para construir la planta en Chattanooga, y no en México. Wolkswagen lo desmintió, pero el rumor seguía ahí.

Si entraba el sindicato UAW en el estado, ello hubiera dado alas al Partido Demócrata, que sigue siendo minoritario en el sur. Y, claro, si se ve ese ejemplo, con sindicato incluido, siempre puede haber un efecto contagio que es mejor atajar cuanto antes.

Los republicanos, y las fuerzas más conservadoras agitaron el fantasma de Detroit, una ciudad industrial quebrada. Una de las ideas que se sigue propagando en Estados Unidos, y, principalmente en el sur, es que la suspensión de pagos en General Motors y Chrysler, en 2009, fue causa de la perversidad del sindicato UAW. Y los trabajadores han acabado sucumbiendo. La presión ha sido muy alta, aunque ellos mismos han tomado la decisión, al entender que los sueldos de Wolkswagen ya son suficientemente buenos como para no necesitar ningún sindicato.

Ahora, sin embargo, ha surgido la posibilidad de repetir la votación. Veremos como acaba, aunque demuestra que la inseguridad y el miedo se ha apoderado de una clase trabajadora desestructurada, invadida de mensajes que defienden con toda la efectividad posible que la unión es peligrosa, que los elementos socializantes hay que desterrarlos de Estados Unidos.

Lo explica a la perfección Joe Bageant, en su libro Crónicas de la América Profunda, (libros del Lince) comentado en otras ocasiones en este blog. El trabajador norteamericano vive entre cervezas y eventos deportivos televisados. Y entre informativos patrióticos que le dejan en un estado de semi-inconsciencia. Y, claro, por defecto, votan al Partido Republicano, la fuerza política que lucha para despojarles de derechos como la sindicación en una planta de automoción.

Lo decía en su blog el ex secretario de Trabajo, Robert Reich, al manifestar que los cambios sociales en Estados Unidos, pero también en muchas otras partes del planeta, son muy difíciles. Si se tiene miedo por perder lo poco que se tiene, es imposible una contestación social, aunque siempre hay un momento propicio para la explosión.

En España, el economista Santiago Niño Becerra defiende que las “revoluciones no están de moda”. Y cree que han pasado demasiadas cosas como para que las distintas capas sociales se atrevan a protagonizar bruscos cambios. Pero, cuidado. Reich avisa.

Susan George también lo ha dejado claro en su Informe Lugano II. Es posible que hayan movimientos sociales, y las elites, –les recomienda con cinismo—deberían comenzar a tomar medidas para que la desigualdad no se les vaya de las manos.

Anuncios