By James Cridland, by Flickr

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Cuando los intelectuales se enfrascan en disquisiciones sobre lo que necesita una sociedad, hay quien se calza unas zapatillas y se pone a correr a toda pastilla. Porque los intelectuales suelen estar más en el campo de la izquierda –aunque es un debate un tanto cansino, porque las ideas también fluyen en el campo de la derecha– y en la izquierda ha predominado durante décadas un discurso más autoritario. Pero aceptada esa primera premisa, con todos los matices que se quiera, esa izquierda se pregunta cómo es posible que las sociedades occidentales hayan aceptado el actual estado de cosas. O cómo es posible que no se haya organizado esa sociedad para responder con más fuerza ante los ataques que va recibiendo de un modelo económico que, desde los años 80 del pasado siglo, se ha basado en la llamada “financiarización de la economía”.

La respuesta, claro, no es nada simple. Aunque se suele repetir que a la izquierda le falta un relato, una explicación que ayude a seguir adelante, con valores que aporten una mayor autoestima. El historiador José Enrique Ruiz-Domènec, un señor encantador que, curiosamente entre el gremio, escribe muy bien sobre la historia –siguiendo el modelo anglosajón—ha trazado recientemente en las páginas del suplemento Culturas, de La Vanguardia, un paralelismo entre los historiadores Eric Hobsbawm y Tony Judt. El primero es el gran referente del marxismo, a Judt, en cambio, se le ha asociado a una defensa de la socialdemocracia. Pero las distancias entre los dos no son tan grandes. A riesgo de entrar en un terreno que no es el propio del autor de este blog, es necesario destacar algo que les une, y que es vital para que la izquierda se pueda recuperar si quiere hacer frente a un modelo económico que ya amenaza con dejar en la cuneta a los grandes protagonistas sociales de la segunda mitad del siglo XX, las amplias clases medias educadas de Occidente.

Dice Ruiz Domènec: “Allí donde Judt ve el individuo como el principio de la libertad occidental, Hobsbawm veía precisamente lo mismo, pero no le gustaba, ya que su gusto personal se inclinaba por la lucha de clases como el motor de la historia, motivo por el cual para escribir la historia del siglo XX debió superar la nostalgia de un hecho que no pudo ser (el triunfo del comunismo)”.

Pero los dos han destacado en sus obras el amor por la libertad, siempre que se entienda esa libertad como algo compatible con la emancipación colectiva. Los términos pueden ser diferentes, pero lo que apuntan es que debe haber algún tipo de conexión entre el yo individuo, y el vecino de al lado, que debe haber una defensa colectiva de derechos, frente a la presión enorme que ejerce el poder económico.

Hobsbawm lo expresó en el libro Entrevista sobre el Siglo XXI (Crítica, 2000), con una traducción excelente al español de Gonzalo Pontón. El historiador, nacido en Alejandría, de ascendencia judía, como Judt, describe cómo se ha debilitado esa izquierda. “Existe algo todavía más profundo que ha debilitado gravemente a la izquierda. ¿Cómo lo definiría? Económicamente, la sociedad de consumo. Intelectualmente, es la identificación de la libertad con la opción individual, sin miramientos por sus consecuencias sociales”. (…) “Hubo un tiempo en que se creía que combatir por la libertad individual no era incompatible con la lucha por la emancipación colectiva”. (…) “A fines del siglo XX está muy claro que esas dos exigencias han entrado en conflicto. La privatización condiciona ahora incluso el sentido común de la gente, y esto golpea duramente a la izquierda, que lucha por objetivos colectivos, que persigue la justicia social”.

Sus reflexiones son muy actuales. El libro es del 2000. Han pasado 14 años, muy poco tiempo para un cambio histórico, pero el fenómeno que denuncia Hobsbawm ha ido a más, de forma muy rápida.

Y en eso coincide con Judt, aunque el autor de Algo va mal, (Taurus, 2011), ironiza sobre el marxismo al actuar de paraguas de una izquierda que comenzó a fracturarse en los años 60. Judt carga contra aquellos estudiantes que defendían su identidad, y que se enfrentaban a policías con modestos sueldos. Esas reivindicaciones individuales pudieron acabar siendo funestas para un proyecto de izquierdas que pudiera defenderse del incipiente y poderoso poder económico, que lo que quería, era, precisamente, individuos, no colectivos.

Apunta judt: “La ‘identidad’ empezó a colonizar el discurso público: la identidad individual, la identidad sexual, la identidad cultural. Desde ahí sólo mediaba un pequeño paso para la fragmentación de la política radical y su metamorfosis en multiculturalismo”. Pero, “curiosamente, la nueva izquierda siguió siendo exquisitamente sensible a los tributos colectivos de las personas en países distantes, “donde sí se las podía agrupar en categorías sociales anónimas como ‘campesino’, ‘poscolonial’ o ‘subordinado’, mientras en casa el individuo predominaba sobre todo”.

Es cierto que Judt, en ese mismo libro, critica con dureza un Estado paternalista, que ahogaba al individuo, al entrar en su casa para prestarle todo tipo de servicios.

Pero el discurso dominante ha ido demasiado lejos. Y la izquierda se siente desarmada, sin capacidad para presentar batalla. El individuo, efectivamente, lo es todo. Y, en esas circunstancias, un proyecto de izquierdas no tiene mucho que hacer.

Por eso, cuando uno relee La edad del Imperio, de Hobsbawm, se le saltan las lágrimas. Aquella idea de que había clases sociales, con consciencia plena de lo que eran, con sus códigos propios, sus deportes –el fútbol en Inglaterra es cosa de la clase obrera—sus valores éticos, sus centros sociales, nos llena de nostalgia, que es evidente que debemos superar y que es paralizadora. Pero leer a Hobsbawm, y también a Judt, es necesario para cargar de nuevo las pilas, y ejercer de nuevo como un colectivo social. Seguramente, en este momento, con un acento conservador, porque hay más cosas que conservar, en estos momentos de desguace colectivo. Y ahí sí que aparece con toda su fuerza narrativa Tony Judt.

Si la nueva izquierda que aparece en Europa, de la mano de Matteo Renzi en Italia, quiere hacer algo distinto, no puede emular a Tony Blair, como parece ser el sueño del que será el jefe del Gobierno italiano. Blair acabó, precisamente, con esa izquierda, para hacer con formas más amables la labor de los conservadores.

Y no podríamos acabar sin una cita de John Maynard Keynes:

“Lo importante no es que el gobierno haga cosas que los individuos ya están haciendo y que las haga un poco mejor o un poco peor, sino que haga las cosas que ahora no está haciendo nadie”.