Richard Branson and Virgin, in Dallas, by cynthia Smoot, by Flickr

Richard Branson and Virgin, in Dallas, by cynthia Smoot, by Flickr

El sentimiento comienza a arraigar entre la ciudadanía de los países occidentales, de las clases medias que albergaban seguir una línea ascendente, y que han visto ahora retroceder su calidad de vida, con el peligro evidente de que nunca más puedan volver al punto de partida. Ese sentimiento estriba en la posibilidad de que la crisis económica, provocada por un exceso de la economía financiera, acabe siendo la coartada perfecta para un cambio en el patrón económico. Las grandes corporaciones mundiales, junto con las elites económicas globalizadas, están ensayando un juego perverso: las clases medias no son necesarias, y, por tanto, la desigualdad va a ser cada vez mayor. La solución será que caerá la productividad, no es necesario ya tanta oferta, y centrar los esfuerzos en los intercambios entre la elite, con una gran masa pauperizada, que va sobreviviendo. ¿Es posible?

Algunos economistas en España, como Santiago Niño Becerra, sostienen que ese camino ya se ha iniciado. Y que determinadas empresas, en el sector automovilístico, por ejemplo, ya han decidido no fabricar coches del segmento medio. No les ofrece un margen de negocio satisfactorio. Y tampoco los coches de gama baja, como ha ocurrido con los Tata en la India. Sólo vale la pena el negocio del segmento más alto.

El trasfondo es un cambio de paradigma de grandes proporciones. Niño Becerra no está solo. Lo explican analistas como Adrian Wooldridge, del semanario británico The Economist. En el libro El Mundo en 2050, que editó la revista el pasado año, Wooldrige es el encargado de un capítulo sobre las grandes transformaciones que sufrirá el aparato productivo mundial. Y lo titula con el elocuente Shumpeter Inc. El autor quiere ser, sin embargo, algo más positivo, y afirma que las empresas tienen que contar con que en el futuro las tormentas de destrucción creativa rujan con más furia aún; “en gran parte para bien”. Pero también señala que para “un número cada vez mayor de gente corriente, el principal problema será afrontar el impacto social y psicológico de todas estas innovaciones”.

Teoría, sin acción

El activismo de izquierda –nominalmente, porque la acción es más bien escasa—ha trazado una frontera. La idea que defienden autores como Susan George, es que es la propia democracia la que está en peligro. Y señala en su libro Informe Lugano II, que se trata de olvidar para siempre el modelo ilustrado, que tenía como objetivo el de aportar el máximo posible de bienestar material y satisfacción psicológica (la felicidad) al mayor número posible de miembros de una sociedad dada, con una preocupación por los más débiles. La alternativa es lo que George llama el Modelo Económico/Elitista Neoliberal, que pone el acento en que cada uno es responsable de su suerte, y en que, en realidad, destierra ya definitivamente aquello de “liberté, égalité, y fraternité”.

Lo más curioso del caso es que Schumpeter había previsto esta evolución, y nada menos que en 1942. En su libro Capitalismo, Socialismo y Democracia, había alertado de los peligros del propio modelo económico. En la segunda parte de aquel volumen, con el ilustrativo título de ¿Puede sobrevivir el capitalismo?, recuperado recientemente por la editorial Capital Swing como un libro propio, Schumpeter afirmaba lo siguiente: “La tesis que tengo que esforzarme en fundamentar defiende que las realizaciones presentes y futuras del sistema capitalista son de tal naturaleza que rechazan la idea de su destrucción por la quiebra económica, pero el propio éxito del capitalismo socava las instituciones sociales que lo protege y crea, de manera inevitable, las condiciones en las que no le será posible vivir y que señalan el socialismo como su legítimo heredero”.

¿Schumpeter era socialista? No, de ninguna manera, pero aseguraba que esa tesis, que era, efectivamente, la que utilizaban los socialistas, no obligaba a ser socialista para aceptarla.

El socialismo no llegó. O llegó en forma de regímenes totalitarios, que, ya lo podemos decir abiertamente, beneficiaron a las clases trabajadores y medias de los países occidentales. Pero con el desplome del mundo socialista, el capitalismo más descarnado ya pudo afrontar el futuro con más tranquilidad, sin adversarios reales a la vista.

Otros economistas en España, como Antón Costas, también han alertado de esa desigualdad que sigue desbocada, y que es ya un riesgo para los sistemas políticos de democracia liberal instalados en Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. Puede que sí, que efectivamente, el modelo ilustrado haya pasado ya a mejor vida.

¿Puede haber reacción? ¿Cómo, y con qué nuevos contratos sociales? Los más beneficiados por el sistema no quieren colaborar. El último en dejarlo muy claro es Richard Branson, que, como otros, deja el Reino Unido para no pagar impuestos.

Porque, ¿quién paga impuestos?

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