Detroit from the Air, by Joy Van Buhler, vía Flickr

Detroit from the Air, by Joy Van Buhler, vía Flickr

Las sociedades contemporáneas se han  emancipado. Han conseguido que sus ciudadanos vivan con arreglo a sus propias concepciones del bien. La filosofía política se ha dedicado a analizar esas transformaciones desde los años noventa del pasado siglo. Y una de las corrientes principales explica que las democracias liberales han logrado un cierto sueño racional: los individuos adquieren mayor formación, deciden, y conducen sus vidas. El estado debe ser neutral, no perjudicar a las personas imponiendo una determinada concepción del bien.

Sobre el papel esa corriente principal corresponde a un cierto liberalismo, de corte anglosajón, que, nos guste o no, le podamos plantear objeciones o no, ha acabado ganando. Lo anglosajón gobierna el mundo. Y el resto del planeta no presenta ningún impedimento.

Corea del Sur, por situar un país que está de moda, se ha identificado plenamente, y, aunque a través de planes muy bien organizados –todos los países capitalistas, no crean, siempre han acabado planificando su desarrollo—siguen la estela anglosajona. Sus niños compiten, y de qué manera, para poder ocupar un lugar en el mundo.

Y, sí, toda esta explicación sirve para analizar lo que ha pasado en Detroit. Vamos Camino Detroit, como podríamos ir Camino Soria –¿se acuerdan los españoles cuarentones de aquel bello tema de Gabinete Caligari?— . Es decir, caminamos hacia el final de un modelo urbano, que es también  un modelo de civilización, una historia que se acaba, y que, forzosamente para varias generaciones, tiene un componente nostálgico.

Explicó Tony  Judt en Algo va mal (Taurus, 2011) –creo que habrá que releerlo periódicamente—que aquel consenso que se estableció tras la Segunda Guerra Mundial en el mundo occidental se acabó quebrando porque algunos cometieron una dejación de sus responsabilidades. No se planteó, cuando surgieron los problemas, una batalla ideológica. Y se rehuyó el conflicto, cuando es evidente que en todas las sociedades habrá conflictos de intereses. No todos queremos lo mismo, porque no estamos todos en las mismas condiciones.

Y había un modelo urbano. Se trabajaba en una factoría, o en una oficina, se regresaba a casa para almorzar, se volvía al trabajo y se cenaba en familia con la comedia de televisión favorita de fondo.  Era una rutina que ha explicado muy bien Sanjeev Sanyal.

Y en ese modelo urbano las ciudades  se habían especializado. Estaban volcadas en una sola dirección, formando un entramado social que, al caer la actividad económica principal, ha arrastrado a la mayoría de sus ciudadanos. Es lo que ha ocurrido con Detroit, que ha perdido buena parte de su población, porque su industria ha desaparecido, y ha pasado de tener casi dos millones de habitantes en 1950, a los 700.000 actuales. Y, por ahora, mantiene, eso sí, su festival de Jazz.

Lo que ha ocurrido en Detroit tiene que ver también con la dualización de la sociedad. Si la clase media se elimina, dejando un país partido en dos, entre una minoría cada vez con más recursos, y una minoría-mayoritaria que va cayendo en el pozo, casi en la marginación, muchas otras ciudades como Detroit acabarán presentando suspensión de pagos.

En Estados Unidos ese proceso ha sido especialmente intenso. Si cerca del 44% de las familias vive en barrios con ingresos dignos, o medios, en la década de los setenta ese porcentaje era del 65%. Respecto a los extremos, un 33% de las familias estadounidenses vive en los suburbios ricos –el significado en castellano es muy diferente, en el inglés norteamericano significa barrios acomodados en las afueras de los centros urbanos—y otro 33% vive en zonas muy pobres. Esos porcentajes no pasaban del 15% en los setenta. Esas transformaciones las explicó muy bien el periodista norteamericano Joe Bageant.

Detroit, by dharder 9475, vía Flickr

Detroit, by dharder 9475, vía Flickr

Como explica Susan George en el Informe Lugano II, el 1% de la población norteamericana ha conseguido reunir el 21% de la riqueza, cuando hace cuarenta años sólo alcanzaban el 8%. Y lo mismo respecto al pago de impuestos, pero en sentido contrario. Es decir, cada vez pagan menos. ¿Qué esperaban que le pasara a Detroit, dedicada a una industria, como la automovilística, condenada a la decadencia si no se adapta de forma urgente a la revolución verde?

La solución de las ciudades, como apunta Sanyal, es que combinen diferentes tipos de fuentes de riqueza, principalmente las relacionadas con las tecnologías de la información, dando paso, de forma definitiva a esa sociedad postindustrial innovadora.

Ninguna ciudad se podrá, sin embargo, especializar, porque la nueva era exige tener respuestas para un ciudadano muy diferente al de hace cuarenta años. Es una persona que vive en el trabajo, o que trabaja en su domicilio. Es decir, se han mezclado todas las posibles rutinas. Y se está en todos lados al mismo tiempo. Hay ocio y trabajo de forma simultánea, hay compras y un momento para alimentarse a pocos metros de distancia. Ello implica que toda ciudad moderna deba contar con zonas verdes, con parques tecnológicos, con una oferta cultural importante, con una industria puntera, con centros educativos que atraigan talento internacional…

Pero, claro, todas no pueden ofrecer todo eso. Y tampoco muchos ciudadanos están preparados para asumir ese torbellino. Sanyal lo recuerda pensando en las ciudades de países emergentes como China o la India. Ver este interesante blog sobre las clases medias en México, de Gerardo Esquivel.

Recuerden, aquellos trabajadores de Detroit sólo querían trabajar, volver a casa a almorzar, ver su comedia favorita en televisión…

Camino Detroit.