Bow Castle, Scottish Borders, by snipps Whispers, vía Flickr

Bow Castle, Scottish Borders, by snipps Whispers, vía Flickr

“Míster Johnson, efectivamente soy escocés, pero no puedo evitarlo”. I come from Scotland!

Con esa presentación, conociendo de antemano su prejuicio contra los escoceses, James Boswell acabó formulando esa confesión, forzado por la afirmación rotunda sobre la nacionalidad de Boswell que había pronunciado Míster Thomas Davies, el actor, que tenía una librería en Rusell Street, Covent Garden. Míster Davies era muy amigo de Samuel Johnson y éste iba con frecuencia a su casa. Era la oportunidad para Boswell de conocer a su idolatrado personaje, del que escribió su maravillosa biografía La vida del doctor Samuel Johnson, que podría el lector recuperar como lectura de este verano. Siempre vale la pena. No tengan dudas. Mi edición es la de Austral, con un prólogo enorme de Fernando Savater. También la editó El Acantilado.

Y Johnson, tras escuchar esa expresión desafortunada, a juicio de Boswell, porque denotaba un cierto complejo, con ese “vengo de Escocia”, como si hubiera salido de Escocia justo en ese momento, se explayó: “Eso, señor, me parece que es lo que muchísimos de sus compatriotas no pueden dejar de hacer”.

Esas referencias a la posición de Escocia, subalterna a la de Inglaterra, a lo largo del siglo XVIII, son constantes en la biografía de Johnson, que escribió Boswell, un aristócrata escocés, ciertamente, que se deleitó y abusó de los placeres de Londres, la gran ciudad que irradiaba, e irradia todavía, talento y esplendor.

Escocia pretende ahora recuperar una situación jurídica que, voluntariamente, dejó de lado en 1707, con su unión con el Reino de Inglaterra. Los escoceses podrán decidir su futuro en 2014, a través de un referéndum, tras un acuerdo entre los dos gobiernos, por el que el gobierno británico cede las competencias de forma temporal al gobierno escocés para permitir la consulta. Hay diferencias notables con la situación de España, y la pretensión de una buena parte de la sociedad catalana de convocar una consulta similar. Pero también hay similitudes, porque no hay que olvidar que en 1707, con la firma del Acta de Unión, el acuerdo recibió un gran rechazo popular por parte de los escoceses.

Pero esas diferencias y similitudes serán objeto de reflexiones en otro lugar y, tal vez, en otros espacios. La excusa es poder leer de nuevo a Boswell, que significa leer a Johnson, con todos sus comentarios sobre la Inglaterra de la época, y con ácidas apreciaciones sobre otras sociedades, que, curiosamente, ofrecen lecciones actuales.

De Escocia, realmente, Johnson salvaba pocas cosas, aunque admitía la dificultad de un país cuya naturaleza era mucho más dura con sus habitantes que el sur más templado de Inglaterra. “En algunas de las partes septentrionales de Escocia, ¡qué poca luz hay en el centro del invierno”, aseguraba para alabar “el arte de hacer velas, un arte valioso, y que debe ser conservado”.

Samuel Johnson, by JJn1, vía Flickr

Samuel Johnson, by JJn1, vía Flickr

En otras ocasiones, Johnson, –un hombre clave para la cultura y la lengua inglesas—dejaba claro que con un escocés lo mejor que se podía hacer era educarlo en otras latitudes. “Se puede sacar mucho partido de un escocés cuando se le coge joven”. Y abundaba en que lo único que podía hacer un escocés es salir de Escocia.

Así, como respuesta a un amigo escocés, quien le espetó que Escocia tenía muchas y nobles perspectivas, Johnson le contestó: “La perspectiva más noble que tiene un escocés es la carretera principal que lleva a Londres”.

Pero al margen de esas apreciaciones, a veces en tono jocoso, jugando con las palabras, Johnson muestra un gran amor por Inglaterra, por una sociedad que fue capaz de construir una clase media antes que otros países, que, precisamente por ello, por una adaptación constante de las leyes, ofreció las bases de una revolución económica de la que el Reino Unido todavía se aprovecha hoy en día, como muy bien explican Acemoglu y Robinson en un libro ya comentado en este blog, ¿Por qué fracasan los países? (Deusto, 2013).

Hay ejemplos en el libro de Boswell magníficos, como el traspaso de una taberna del propietario a uno de sus empleados, que, con trabajo y buena gestión, logra un importante capital, que le permite ofrecer estudios a sus hijos. Pura mesocracia en el último tercio del siglo XVIII.

Y lean el siguiente fragmento, en el que Johnson da cuenta de Francia, tras uno de sus pocos viajes fuera de Inglaterra:

“La grandeza de Francia vive con mucha magnificencia, pero el resto vive muy miserablemente. No hay una clase media feliz como en Inglaterra. Las tiendas de París son sórdidas: la carne de los mercados es como la que se enviaría a una cárcel en Inglaterra; y mistres Thrale ha observado justamente que la cocina francesa ha sido algo impuesto por la necesidad, pues no podía comerse la carne a menos que la sazonaran de algún modo. Los franceses son una gente indelicada: escupen en cualquier sitio. En casa de madame Du Bocage, una dama literata de talento, el criado cogió el azúcar con los dedos y lo puso en mi café. Iba a echar a un lado la taza. Pero al ver que se había hecho a propósito para mí, tuve que probar el sabor de los dedos de Tom”. (…) Francia es peor que Escocia en todo, salvo en el clima. La naturaleza ha hecho más por los franceses, pero éstos han hecho menos que los escoceses”.

El libro es una delicia, con referencias constantes a la literatura, y al teatro inglés. Pero guarda más perlas. Una de ellas es el comentario sobre Rousseau. Johnson, no cabe duda, era un hombre conservador, pero defendía ese conservadurismo inglés que acaba siendo puro sentido común. Admiraba a Burke, que temía por su gran capacidad dialéctica. Pero nos quedamos con la pulla a Rousseau:

“Es un hombre perverso. Yo firmaría antes una sentencia para su expulsión que para la de cualquier felón que haya sido castigado estos últimos años. Sí, me gustaría hacerlo trabajar en las plantaciones”.

Boswell le pregunta si le cree tan malo como Voltaire. “Es difícil establecer una proporción de maldad entre ellos”, sentencia Johnson.

Aprovechen el verano. Del doctor Johnson siempre se aprende. También hay una lección sobre Escocia. ¡Para los que sigan el referéndum con ansiedad!

Y como no podemos olvidar la guía de este blog, recordaremos que Lytton Strachey, uno de los grandes intelectuales ingleses, confidente de Keynes, miembro del Grupo de Bloomsbury, dejó constancia de la grandeza de Boswell en sus Retratos en miniatura. De Boswell, un hombre disoluto, que disfrutó como pocos del ocio nocturno de Londres, aseguró que había conseguido una obra sensacional: “Uno de los éxitos más notables de la historia de la civilización lo consiguió una persona que era un vago, un lascivo, un borracho y un esnob”.

¡Casi le faltó decir que era escocés, y hubiera encantado a Johnson!