Berlin Strandbad am wannsee 1930, by janwillemsen, vía Flikr

Berlin Strandbad am wannsee 1930, by janwillemsen, vía Flikr

Nadie puede interpretar mejor a Keynes que Robert Skidelsky, su mejor biógrafo. Aprovechen el verano para leer la biografía que acaba de reeditar en español RBA. Existía el primer volumen, de un total de tres, en Alianza Editorial. Pero estaban descatalogados. Personalmente, no he llegado a ver nunca el segundo y el tercero. Skidelsky, en algunas de las entrevistas que ha concedido, afirma que Keynes defendería ahora una bajada de impuestos en España. Es más que probable, si se conoce su legado económico, y su posicionamiento a lo largo de la historia.

El papel que ejerce Skidelsky en estos momentos es casi tan importante como las lecciones de Keynes. Y lo es por una razón: Afirma en la biografía que no se siente un economista. Cree que es más un historiador con importantes conocimientos de economía. Y que los sabe divulgar. Asegura que ha conocido casos de economistas que le han hecho sonrojar, al carecer de una base sólida sobre historia. Y al revés. Sigue perplejo ante historiadores que se pierden con cualquier apreciación económica.

Skidelsky, por tanto, es el hombre más adecuado para apreciar qué está pasando y qué paralelismos podemos encontrar con otras situaciones históricas. Hay que seguirle la pista, con sus libros y artículos. No olviden su nombre. Además, insiste en la esfera moral de la economía, algo que se ha ido perdiendo, cuyo máximo representante fue, precisamente, Keynes.

Hay otros autores que también están fijando una doctrina que algunos se empeñan en desdeñar. Uno de ellos es Kenneth Rogoff, profesor en Harvard, que fue economista jefe del FMI, y que es acusado, desde la izquierda, por defender las políticas de austeridad defendidas en Europa.

Sin embargo, ese es el error de una izquierda que, con razón, está preocupada por un posible estallido social, ante la presión de las instituciones europeas, lideradas por Alemania, para reducir el déficit de los estados a marchas forzadas. Lo que ocurre es que, mentando a Keynes, como estandarte de políticas que puedan estimular la demanda, esa izquierda se confunde al pensar que Keynes en estos momentos estaría reclamando planes de inversión sin reparar en la deuda pública existente en la mayoría de países de la zona euro y de la Unión Europea.

Keynes rechazó el Plan Young en 1929 –por no retroceder al recurrido Tratado de Versalles—que se le quería aplicar a Alemania, para que pagara sus deudas. Predijo que no funcionaría. El presidente Hoover, finalmente, acabó aceptando la realidad, con un plan que implicaba a todos los actores en juego. Recordemos que Estados Unidos acabó renunciando a un año de capital e intereses de 245 millones de dólares de las deudas de guerra de Gran Bretaña, Francia, Italia y algunas de las pequeñas potencias europeas, pero con la condición de que los aliados renunciasen a su vez a 385 millones de dólares en indemnizaciones adeudados por Alemania, como explica con maestría Liaquat Ahamed en Los señores de las Finanzas (Deusto, 2009).

Al margen de que la historia que vino después es conocida, lo cierto es que ese plan Hoover era necesario.

Keynes, por tanto, ¿defendería hoy una quita importante de las deudas de países como España, para asegurar un nuevo crecimiento económico a medio y largo plazo?

Lo que Rogoff defiende, precisamente, es algo que podría conectar muy bien con Keynes: quitas de la deuda. Sin ellas, el crecimiento sostenido se antoja en estos momentos una quimera, un sueño inalcanzable.

Y es cierto que esa reestructuración de la deuda implicaría que los países del norte perderían mucho dinero, por decirlo suave. Los contribuyentes de países como Alemania deberían inyectar recursos en los bancos, para poderlos salvar, ya que éstos serían los grandes sacrificados por las quitas, aunque se decidiera, como ha pasado en el caso de Chipre, que pagaran el pato, en primer lugar, los grandes acreedores o los mayoristas.

Rogoff ha sostenido que una medida alternativa podía ser la generación de una inflación moderada en la zona euro. Con ella se podría reducir el valor real de los bienes raíces, de forma más rápida, y, por tanto, ayudaría a que subieran los salarios alemanes en mayor medida que los españoles, por ejemplo. Ello generaría, a su vez, una demanda interna mayor en los países centrales de la zona euro que podría mejorar las expectativas de los periféricos. Sería, para España, una doble medida: la deuda se haría más pequeña, y la demanda de la producción española se podría acrecentar

En cualquier caso, mirar hacia otro lado no sirve de mucho. A España se la está ahogando. Las medidas de la Comisión Europea de esta semana son severas. Y las quitas de deuda, principalmente las quitas de deuda privada –hay fórmulas que ya se han puesto sobre la mesa—se presentan como inevitables. Para los países nórdicos será una solución mala, pero será peor a medida que pase el tiempo. Y eso lo saben los principales dirigentes europeos.

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