Euro 10th Anniversary, by Mario Seekr, vía Flickr

Euro 10th Anniversary, by Mario Seekr, vía Flickr

En una crisis económica como la actual, en la que los ciudadanos se siguen preguntando qué ha pasado, convencidos de que la vida ha pasado por encima de ellos sin que tuvieran apenas responsabilidades , los economistas se han convertido en una especie de guías, de rocas a las que hay que agarrarse para no morir ahogados. Y, en función de las orientaciones ideológicas de cada uno, hay economistas para todos los gustos. Hay quien no se separa de Krugman, ni de Stiglitz. Hay quien en Catalunya, principalmente, no quiere abandonar ni un instante a Xavier Sala Martín. Hay quien se ha aficionado al determinismo de Santiago Niño Becerra, y determinados divulgadores televisivos buscan a los más rompedores, a los que son capaces de romper con la ortodoxia.

Y es que, definitivamente, necesitamos a los economistas para que expliquen que existe una cierta racionalidad en toda esta crisis, particularmente la que está viviendo España. Porque hay que creer que todo obedece a una cierta racionalidad. En caso contrario, sería mucho más desesperante, ¿no creen?

El caso es que dos economistas se han convertido estos días en el blanco de las críticas de los que consideran –en este blog se advirtió hace meses de la dureza de las políticas dictadas por la Comisión Europea basadas en una excesiva austeridad fiscal–  que la reducción del déficit a cualquier precio es un error. Se trata de Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart. El primero fue el economista jefe del FMI entre 2001 y 2004. La segunda es especialista en política económica internacional en la Universidad de Maryland. Los dos publicaron en 2009 –en 2011 en su edición en español en Fondo de Cultura Económica—un libro que ya es una referencia: Esta vez es distinto. Ocho siglos de necedad financiera.

En esta obra jugaban con ironía en el título con la idea de que esta crisis tiene unas dimensiones muy diferentes a cualquier otra. Los autores sostienen que no, que “hemos estado aquí mucho antes”. La tesis, con un repaso histórico prodigioso –recuerden que los buenos economistas deberían saber mucho de historia—es que estamos inmersos en una segunda contracción  (la primera fue la Gran Depresión de 1929), y que el gran problema es la deuda pública y privada que han alcanzado muchos países, entre ellos España.

Constataban que no hay prácticamente ningún país a lo largo de la historia que no haya cometido impagos, que no haya dejado de pagar sus deudas. Las reestructuraciones de deuda, de hecho, han sido una tónica. Han incumplido sus pagos Francia, España, Portugal, Prusia, las primeras ciudades estado italianas, Egipto, Rusia, Turquía… Sólo unos pocos países nunca han dejado de pagar a sus acreedores extranjeros: Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Dinamarca, Tailandia y Estados Unidos. Por ello decidieron escribir ese subtítulo sobre los ocho siglos de necedad financiera.

Pero ahora han sido conocidos por un estudio en el que establecían una correlación: los países que llegaban a tener un 90% de deuda pública, los que pasaban de ese porcentaje, apenas mostraban crecimiento económico.

El dato fue profusamente aprovechado por los que tomaban decisiones políticas, por los técnico-políticos de la Comisión Europea, por los halcones del Bundesbank. Y se aplicaron medidas para rebajar el déficit a toda costa.

Tres economistas de la Universidad de Massachussets comprobaron el trabajo de Rogoff y Reinhart y descubrieron algunos errores de cálculo y opciones metodológicas cuestionables para llegar a las conclusiones que los dos autores, supuestamente, habrían elegido de antemano. A partir de ese momento, las críticas no se han hecho esperar. Ya teníamos a los “autores intelectuales” del austericidio.

Pero los dos académicos han rechazado ser partidarios de las políticas que Europa, principalmente, ha adoptado. Constataron, en particular Rogoff, que había otras salidas para paliar la crisis de deuda. Es injusto cargar en sus espaldas lo que lleva haciendo Alemania en los dos últimos años.

Rogoff lleva sosteniendo, desde el verano de 2011, que había tres posibilidades: reestructuraciones de deuda –se vuelven a poner ahora sobre la mesa–, represión financiera –lo que se aplica en estos momentos—o inflación. Y él se mostraba partidario, visto que las quitas de deuda parecían lejanas, de la tercera opción. Lo llegó a plantear abiertamente: una inflación en la zona euro moderada, entre el 4% y el 6%, durante unos años, podría ser la solución. Admitía que podría ser una transferencia injusta de ingresos de los ahorradores a los deudores, pero que podría facilitar la recuperación. Alemania se sigue oponiendo a esa posibilidad, que implicaría una expansión monetaria por parte del BCE.

La cuestión es que los economistas orientan, trabajan y ofrecen los resultados de sus investigaciones, que son objeto de refutaciones y de la crítica permanente, como en toda disciplina académica de las ciencias sociales. Lo explica muy bien el investigador y economista Jean Pisani-Ferry en A Fateful Mistake. Rogoff y Reinhart no son los culpables. Al contrario. Han ofrecido alternativas, posibilidades.

Porque la economía es una ciencia social. No está claro, por ejemplo, que una deuda abultada sea la causa de un bajo crecimiento. En el caso de España parece ser al revés. El bajo crecimiento, provocó el gran endeudamiento público. Pero es cierto que un país con una deuda pública cuyos acreedores son en su mayoría extranjeros lo tendrá más difícil para crecer, porque deberá estar pendiente de no perder la confianza de esos acreedores, con medidas que garanticen el cobro. En cualquier caso, los diferentes estudios deberán ir ofreciendo pautas, desde la modestia, a los decisores políticos.

Pero cada uno debe asumir sus responsabilidades. Sin arrogarse la verdad. Tampoco Rogoff y Reinhart lo hicieron, aunque hubo quien quiso que la tuvieran.

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