Portugal y España, por Gaioux, vía Flickr

Portugal y España, por Gaioux, vía Flickr

Son muchas las interpretaciones sobre la crisis en la que estamos instalados. Son muchos los autores que, periódicamente, van publicando importantes e interesantes obras. Y, al margen del debate que se ha centrado entre las políticas de austeridad que dicta Alemania y las alternativas –que, aunque puedan ser atractivas para poder seguir tirando del carro de la economía, no son suficientemente sólidas–, no se acaba de asumir el relato de fondo que nos ha llevado hasta aquí.

España se desmorona, porque la necesidad de reducir el déficit ha provocado una recesión, una situación en la que nadie se atreve a consumir, ni los que no pueden porque no llegan a fin de mes –en el mejor de lo casos—ni los que, con un poder adquisitivo mayor, prefieren esperar a ver qué sucede. Todo ello ha dejado una estructura productiva tenebrosa, con unos cotizantes que se concentran en franjas de edades muy concretas, entre los 30 y los 55 años. Esa pequeña base no podrá aguantar por mucho tiempo las exigencias de todo el sistema de la Seguridad Social.

Pero volvamos sobre el relato de fondo, porque nos ayudará a dibujar el futuro. España es un buen ejemplo de como un país acaba siendo víctima del propio sistema económico. No debemos esconder, sin embargo, las debilidades del país, que, dentro de la zona euro, ha perdido productividad. Sin embargo, ha sido, como otros países un buen alumno de una tendencia del sistema económico que se viene produciendo desde los años setenta.

La idea es que el capitalismo desde esos años no consigue buenos porcentajes de crecimiento. La economía lleva estancada desde los años setenta. Y el gran motor que se utilizó para seguir creciendo fue la financiarización de la economía. Es decir, inyectar dinero a crédito sin ningún pudor. ¿Qué España se podía haber resistido? Tal vez. Pero el dinero fluyó muy barato desde la entrada en la zona euro, y ahora la deuda privada, y finalmente también la pública, –para paliar los excesos de la privada (llámese bancos)– es enorme.

Quien apreció que llegaría una gran inestabilidad financiera, producto de esa nueva etapa del capitalismo, fue Hyman Minsky, profesor de la Universidad de Washington, que estuvo muy infuenciado por la obra de Keynes, Kalecki y Hansen. Lo que señalaba era que el sector financiero se iba a convertir en la fuerza propulsora de la economía capitalista, dado que se iba gripando el motor de la inversión productiva, que ya no generaba crecimiento. Todo este debate lo explican muy bien John Bellamy Foster y Fred Magdoff en La gran crisis financiera (FCE, 2009), tal vez el mejor libro para entender lo que ha pasado en las últimas décadas.

Solventado o no ese problema de la macrocefalia del poder financiero –ya hemos visto que no parece que se haya puesto remedio—el problema lo seguiremos teniendo: las economías occidentales no crecen. Es más, como apunta The Economist esta semana, los jóvenes de todo el mundo no pueden acceder al mercado laboral. No hay sitio.

Por tanto, y si nos centramos en España, el debate ya se debería centrar en si se paga o no la deuda pública y privada. Si sería necesario una quita, o una reestructuración, que es un concepto mucho más elegante.

La reflexión viene a cuento porque los propios alemanes, los expertos que más influyen en las políticas de la cancillera Angela Merkel, lo sugieren abiertamente.

La tesis de los alemanes sigue siendo equivocada, pero sólo en parte. Hans-Werner Sinn, profesor en la Universidad de Munich, presidente del IFO, y miembro del equipo de asesores del ministro de Economía alemán, sigue pensando que España se acogió, indebidamente, a esa orgía de dinero barato, sin pensar mucho en lo que hacía. No parece advertir que los bancos alemanes tuvieron también mucha responsabilidad en ello. Lo explica en relación a una posible salida del euro de la propia Alemania.

Pero, y aquí hay que admitir el arrojo de Sinn, el guardián de la ortodoxia asegura que las restricciones presupuestarias de la zona euro se deben mantener. Que los eurobonos quedan lejos, y ya veremos. Y que países como España deben volver a la realidad, una devaluación interna de gran intensidad, y a sufrir las penalidades. Sin embargo, constata que si un país está en quiebra, debe hacerlo saber a sus acreedores. Debe dejar claro que no puede pagar sus deudas y, por tanto, los especuladores deben aceptar la responsabilidad por sus decisiones y dejar de pedir el dinero de los contribuyentes, al comprobar que sus inversiones acabaron mal.

¿Estamos llegando a esa situación? ¿Le interesa de verdad a Alemania? La historia enseña que de esas situaciones siempre se acaba saliendo con esas “reestructuraciones” de deuda. En caso contrario, la agonía puede durar muchos, muchos años.