El BCE, en Frankfurt, por Loli Jackson, vía Flickr

El BCE, en Frankfurt, por Loli Jackson, vía Flickr

Los economistas que buscan un camino más rápido para llegar a una unión política y económica de la Unión Europea, que pasa por una unión fiscal y bancaria, han denigrado la opción adoptada en la crisis de Chipre, que podría marcar, ciertamente, un punto de inflexión. La responsabilidad para resolver los problemas de las entidades financieras se ha transferido de los contribuyentes a los inversores privados y a los depositantes.

Y, por tanto, esas medidas estarían dejando clara una primera cuestión: los países del centro y del norte de Europa, capitaneados por Alemania, advierten de que la mutualización de la deuda en el seno de la zona euro se aleja. Al mismo tiempo señalan que el coste de los posibles rescates de países o instituciones se compartirá con los acreedores. Es, no cabe duda, un cambio importante.

La decisión adoptada en Chipre se podría calificar, dejando de lado a los economistas o expertos que buscan castigar a Alemania a la menor oportunidad, como un acierto, siempre que hubiera el compromiso para rehacer el camino, para sentar las bases de una verdadera unión fiscal y bancaria. ¿Está en esa posición Alemania, o sigue esperando demasiado, y, por tanto, es lógico que surjan las dudas sobre cuál es realmente su propósito?

Ese es el punto de equilibrio que sigue sin vislumbrarse a medio plazo en la Unión Europea. Porque del caso de Chipre, que no se puede comparar en ningún caso con España, y después veremos las razones, hay que extraer algunas lecciones.

Si hubiera habido un único supervisor bancario, ahora cada vez más necesario si se pretende, realmente, que Europa llegue a ser una gran federación de naciones, al estilo de Estados Unidos, el Banco Central Europeo (BCE) –llamado a ejercer ese papel—nunca habría permitido a los bancos chipriotas buscar enormes cantidades de dinero, pagando tipos de interés superiores a los del mercado. Y tampoco habría permitido que con esos enormes recursos hubieran decidido adquirir la deuda pública de Grecia.

Sin esa cuestión todavía resuelta, se ha impuesto el principio alemán de que quien la hace la paga. Esa doctrina moral, advertida desde el comienzo de la crisis por la cancillera Angela Merkel, ha posibilitado pasar del rescate a los bancos, al “rescate” de los acreedores de un banco. Y el comportamiento de los mercados –por el momento—ha avalado esa decisión, al reaccionar con cierta calma. Las palabras del presidente del Eurogrupo, Jeroen Dijsselbloem, a pesar de sus matizaciones posteriores, indican que Europa podría derivar hacia esas posiciones, siguiendo un principio muy alemán: el contribuyente no tiene por qué salvar a todas las entidades con problemas.

La lectura positiva sería que, ahora sí, con esas medidas sobre la mesa el experimento en Chipre ha posibilitado –posible porque sólo representa el 0,1% del PIB europeo—que Alemania sí pueda ver con mejores ojos el proceso de unión bancaria. Los contribuyentes alemanes habrían comprobado que sus autoridades políticas les salvaguardan, y podrían entender mejor que se busque mecanismos de solidaridad, exigentes, pero estables, para sus vecinos del sur, para los países como España donde pasan sus vacaciones.

Mecanismos para la unidad fiscal

Sin embargo, lo sucedido en Chipre presenta problemas importantes. A la necesidad de crear esa autoridad bancaria, hay que añadir la de permitir sin dilaciones que se ponga en marcha un mecanismo que sea resolutivo para los bancos de la zona euro, y éste debe ser el BCE, ofreciendo la liquidez necesaria para el sistema, como hace el Banco de Inglaterra o la Reserva Federal de Estados Unidos. Lo hace, pero tímidamente, y por la puerta de atrás, aunque su presidente, Mario Draghi, parece que está deseando obtener la luz verde para comenzar a actuar con contundencia.

Y también hay que tener en cuenta que se debe crear un sistema de seguro de depósitos, que no haga dudar a los ciudadanos, después de comprobar el desaguisado inicial en Chipre, con el temor justificado que se causó entre los pequeños inversores, los que tenían en sus cuentas menos de 100.000 euros.

El problema, por tanto, es cómo alcanzar el equilibrio que reclama Alemania. Las reformas están en marcha, las políticas de austeridad de reducción del déficit se aplican, y las directrices parecen claras. Pero, tal vez cuando Alemania se decida por el camino real de la solidaridad, Europa estará ya en los huesos, porque la recesión es muy aguda, en países como España, o el rescatado Portugal.

La clave que parece que no aprecien los países del norte de Europa es que la profundización y prolongación de la recesión acabará restando apoyo a las reformas y los gobiernos no podrán hacer ver a sus ciudadanos que son necesarias, si quieren un horizonte de futuro. Esa es la tesis de los que más se han opuesto a la resolución del caso de Chipre, como el griego Yannos Papantoniou, ex ministro de economía entre 1994 y 2001, y ahora presidente del Center for Progressive Policy Research (KEPP). Y, sin esa complicidad ciudadana, lo que llegará, –ya está latente—es un conflicto social de primer orden.

Diferencias con Chipre

Chipre, en cualquier caso, ha actuado como un experimento. Veremos cómo avanza la zona euro. Para España es importante saber esas nuevas intenciones de los países nórdicos, pero hay que tener algunas cosas claras.

El sistema bancario chipriota estaba sobredimensionado. Era siete veces mayor a su PIB. En España esa relación es de tres veces, o de 1,5 veces si tenemos en cuenta sólo el crédito al sector privado. Esta diferencia es determinante, porque la capacidad de un país para sostener a sus bancos depende en gran medida de esa relación. Y el caso de Chipre lo acerca más al de Islandia o Irlanda, que tuvieron ese mismo problema.

Otra cuestión importante es que los bancos de Chipre recibían sumas enormes de depósitos de extranjeros, que utilizaban el país como un paraíso fiscal para depositar dinero en euros. Así, los depósitos superaban en 6,5 veces el PIB chipriota. En España, en cambio, ha ocurrido todo lo contrario. O, en todo caso, esa proporción es mucho más modesta. Los depósitos representan 1,5 veces el PIB español. Esta relación es determinante también, porque si deben garantizar los depósitos, ello sólo se puede hacer a través del PIB de un país.

Y otro factor clave es que los bancos chipriotas utilizaron los recursos que les llegaban para invertir en deuda griega. La paradoja era que otros bancos, como los alemanes o los franceses, se deshacían de esa deuda, que la adquirían las entidades chipriotas. Tras la reestructuración de la deuda griega, esos bancos perdieron unas dos terceras partes de sus inversiones. En el caso de España, aunque los bancos también han comprado deuda soberana del Estado español, el gran error que cometieron, con la inversión en el sector inmobiliario, –préstamos de 400.000 millones de euros para constructores y promotores–está en vías de solución. Han admitido pérdidas por valor de 200.000 millones. Y el fondo de rescate europeo ha proporcionado hasta 100.000 millones para ayudar al sistema financiero español, aunque de momento sólo se necesitarán 40.000 millones.

En todo caso, España es la quinta economía de la Unión Europea, y Chipre apenas representa el 0,1% del PIB europeo. Pese a todo, la lección del caso de Chipre debe ser interiorizada. La llave la tienen los países centrales del euro. Y la dudas sobre qué camino quieren seguir se mantienen.

Publicado en el Blog de economía de MoraBanc, http://www.voceseconomicas.com/

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