King's College Chapel, en Cambridge, por Bjorn Giesenbauer, vía Flickr

King’s College Chapel, en Cambridge, por Bjorn Giesenbauer, vía Flickr

Los políticos son víctimas o beneficiarios de las ideas de los economistas, de las batallas intelectuales que muchos de ellos libraron en el pasado, como apunta con acierto James Galbraith. Y ahora, tras la crisis financiera de 2007, que ha derivado en una crisis económica en los países occidentales, con mayor crudeza en la Unión Europea, y que dura seis largos años, hay que mirar atrás. Porque el debate que mantuvieron en los años treinta del pasado siglo John Maynard Keynes y Friedrich Hayek se reproduce de nuevo, es constante, con variaciones, claro, con una mayor complejidad. Pero, en todo caso, se mantiene viva una dualidad, una división entre dos formas de entender el mundo.

A ello se dedica, a describir con detalle aquella vieja lucha, el periodista británico, columnista en Reuters, Nicholas Wapshott, en el extraordinario libro Keynes versus Hayek. El choque que definió la economía moderna (Deusto, 2013). La dureza del debate, los aspectos más técnicos, sobre la necesidad de utilizar instrumentos por parte de los estados, como los tipos de interés, la oferta monetaria o la inversión pública, o, por el contrario, la exigencia de que sea el mercado el que regule y se adapte en función del ahorro, y de la masa monetaria existente, se puede plasmar en dos grandes ideas.

Keynes, como explica Wapshott, era un humanista, –por ello este blog lleva su nombre– y consideraba que el hombre podía y debía ser el responsable de su propio destino. Hayeck, en cambio, entendía que el hombre estaba destinado a vivir según las leyes naturales de la economía, de la misma forma que estaba obligado a vivir según el resto de las leyes naturales.

Eran, por tanto, dos visiones de la vida, alternativas, y opuestas. Si Keynes era optimista, con la idea de que la vida se podía mejorar para la mayoría de las personas si el poder político tomaba las decisiones adecuadas, Hayek era el pesimista, el que colocaba al hombre en un medio difícil, con unos límites estrictos, sin opciones para alterar las leyes de la naturaleza. Con el añadido de que si se pretendía alterar esas leyes, aunque fuese con la mejor intención, siempre podían surgir consecuencias no deseadas.

Keynes, en todo caso, ganó la batalla, con grandes esfuerzos. En gran medida porque la II Guerra Mundial, con Europa en fuera de juego, dejó una economía mundial muy necesitada de estímulos procedentes del poder público. Keynes también fue decisivo en las políticas adoptadas en Estados Unidos, tras la Gran Depresión de 1929. Es cierto, sin embargo, que en la recuperación de EEUU fue más importante el rearme de carácter bélico, para salvar a Europa del nazismo. Pero, Keynes, adaptado a la americana, siguió viviendo en la Casa Blanca, con más o menos influencia hasta finales de los años setenta.

La cuestión es que aquel debate sigue vivo hoy. Si Hayek ganó la batalla, desde finales de los setenta hasta la crisis de 2007, reinterpretado por Milton Friedman y los economistas monetaristas, o centrados en las políticas de la oferta, Keynes amenaza con hacer valer su ascendente y su arrogancia, aquella que le llevó a ser una celebridad entre sus amigos de Bloomsbury.

La London School of Economics, por Copelaes, vía Flickr

La London School of Economics, por Copelaes, vía Flickr

Hayek respondía y responde hoy que proponer una oferta monetaria, que inundar los mercados con dinero, crea inflación, el enemigo número uno que desestabiliza los precios. Consideraba y considera que si el dinero se presta a un tipo que no se corresponde con la totalidad del ahorro, se invierte en una producción que no puede sostenerse. Es decir, lo que Hayek proponía es que si el precio de prestar dinero es desproporcionado, corrompe las etapas del proceso de producción hasta que, tras un periodo de crisis, la economía vuelve a encontrar un nuevo equilibrio.

Los dos economistas se conocieron y debatieron con intensidad. De hecho, fue el vienés Hayek, animado por la London School of Economics, quien provocó continuamente a Keynes, el Dios de Cambridge, para lograr hacerse un nombre.

Hoy es el gobernador del Banco de Japón, Haruhiko Kuroda, quien ha buscado desesperadamente a Keynes, con la propuesta, que llevará a la práctica, de inyectar liquidez en el sistema. Duplicará el balance del banco central hasta situarlo en el equivalente al 55% del PIB en 2014. Se trata de insuflar a la economía japonesa lo que sería el 30% del PIB en sólo dos años. ¿El objetivo? Acabar con la deflación, el enemigo, ese sí, número uno del sistema capitalista. Japón lleva 15 años en deflación, y la idea es situar la inflación en un 2%. La entidad calcula que el volumen de la base monetaria pasará de 1,08 billones de euros, de finales de 2012, a 2,13 billones a finales de 2014.

Joseph Stiglitz ha saludado el plan. La directora del FMI, Christine Lagarde, también ha considerado que el miedo a la inflación no debe frenar los planes de estímulo.

Es verdad, sin embargo, que esos planes, que la Unión Europea es incapaz de poner en marcha, porque los países dominantes, como Alemania, Austria u Holanda, siguen creyendo en Hayek y la ortodoxia, no son tan inocuos. ¿Puede la zona euro embarcarse en una mayor oferta monetaria, que pueda aumentar la deuda de sus países miembros?

Estados Unidos lo ha hecho. Japón también. Los dos países están sobreendeudados. En algún momento, aunque son casos distintos –los japoneses se deben dinero a sí mismos, los norteamericanos viven de los inversores que siguen creyendo en el dólar, como China—deberán pensar en pagar lo que deben.

El debate, por tanto, sigue en pie, aunque el Banco Central Europeo algo más sí podría hacer, ¿no?

Lean en todo caso este magnífico libro de Wapshott. ¿Por qué los anglosajones se explican tan bien?

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