Lago Lugano, por uwelino, vía Flickr

Lago Lugano, por uwelino, vía Flickr

Sucedió en el verano de 2007. Los veraneantes españoles, sin ir más lejos, podían disfrutar de las playas de Tossa de Mar. Había,  sin embargo, muchas opciones. El crédito seguía corriendo y un viaje al extranjero, a un lugar muy lejano, no era algo descabellado. Al revés. Pero en cualquier lugar, ya fuera en un apartamento o en un hotel de lujo, si alguien sintonizaba la CNN en el televisor, aunque fuera por error, y sin tener un gran nivel de inglés, pudo comprobar que algo estaba pasando. Sí, comenzaba el gran show de las bolsas y las famosas subprimes. Se iniciaba, oficialmente, una crisis financiera de grandes dimensiones, que provocó, después, una recesión económica de la que muchos países todavía no han salido.

Una autora que propone una lectura provocativa, desde la izquierda, desde el movimiento crítico con la globalización, es Susan George, investigadora, escritora y presidenta de honor de ATTAC Francia. En 2001 publicó El informe Lugano I, (Icaria). Ahora ofrece El informe Lugano II (Deusto, 2013). La tesis y la estrategia utilizada es similar. Unos señores, los solicitantes, piden a un grupo de expertos que respondan a una serie de preguntas. Y, desde el cinismo, Susan George, responde con exactitud, y profesionalidad.

Esos señores son los potentados, los que desean que las cosas apenas cambien. Los que, sin embargo, quieren respuestas para evitar un desastre que se los lleve a ellos también por delante. Y, se esté de acuerdo o no con esas interpretaciones sobre una supuesta conspiración, sobre unos señores –habitualmente son señores, no señoras—que llevan las riendas del mundo –yo no lo estoy—lo cierto es que esta agitadora social franco-americana acaba siendo convincente.

Hay algunos hechos que en este post –habrá más sobre este libro—vamos a destacar. Uno de ellos viene a colación después del referéndum en Suiza en el que sus ciudadanos han aprobado que los accionistas puedan limitar los sueldos de los ejecutivos. La Unión Europea quiere seguir esos pasos. Y es que lo que Susan George destaca es que la distancia entre los sueldos de los ejecutivos y de los trabajadores no ha dejado de crecer en las últimas décadas.

Pero lo más importante es que la fiscalidad no cumple con su cometido. Ha dejado de actuar, porque hubo una revolución que se debe recordar. A partir de los años ochenta el mundo anglosajón decidió que el estado de bienestar costaba demasiado, que era necesario liberalizar los mercados, y el primero, el financiero. Esa revolución neoliberal nos ha llevado hasta aquí. Eso es meridianamente cierto. Y aunque la función redistributiva de los estados se pueda cuestionar –hay que hacerlo para mejorar su eficacia—hay que volver a ofrecer datos.

La autora recoge los números de Sam Pizzigati, en The right’s pushback against taxing the rich, disponible en el sitio web de Too Much, publicado en marzo de 2011. La idea es que las tasas a los que ingresan mayores rentas han disminuido. Uno de los argumentos que suele utilizar, para neutralizar ese hecho, es que los más ricos, en realidad, son pocos, y que si se les cobra mayores impuestos, tampoco supondrá una gran cuantía adicional.

Pero no es así.

Los ingresos totales de la franja superior de estadounidenses, los que cobraron más de un millón de dólares en 2010, representan 1,1 billones de dólares. Si se incluye a los que ganan de 200.000 a un millón de dólares, hay que sumar 1,9 billones. Es decir, los ingresos totales ascienden a 3 billones de dólares. En Estados Unidos todo lo que queda por debajo de los 200.000 dólares al año se considera de clase media.

La idea es que, si en 2011 a todos los norteamericanos que ganaron más de 200.000 dólares se les hubieran aplicado impuestos similares a los que pagaron sus homólogos de 1961 (en dólares constantes), le habrían pagado al Estado un montante de 382.000 millones de dólares más ese año de lo que pagan con los impuestos actuales. Susan George bromea con esa cantidad y cita lo que decía en la década de 1950 el senador de Illinois Everett Dirksen: “mil millones por aquí, mil millones por allá, y pronto tienes dinero de verdad”.

El descaro, por tanto, ha sido total. Y la crisis lo ha puesto de manifiesto. Pero no ha habido grandes correcciones hasta ahora. En El Informe Lugano II –la ficción se basa en que esos grandes expertos redactan sus indicaciones de forma confortable en una lujosa villa a orillas del Lago Lugano, en Suiza—se trata de responder a la viabilidad del capitalismo en este nuevo contexto. Es decir, si esos señores podrán seguir dirigiendo el mundo, con cierta tranquilidad.

¡Las recomendaciones son sensatas! Les conminan a aplicar “seriamente” una autorregulación eficaz en los mercados económicos y financieros; a respetar a los adversarios en público; a estar dispuestos a pagar “un poco más” para obtener unos excelentes rendimientos sociales; a mostrar discreción al exhibir la riqueza y sutileza al imponer las jerarquías. Y como regla general se pide que los solicitantes del informe reconozcan los límites de cada uno. Que rechacen la tentación del “todo para nosotros”, y admitir que lo óptimo es “que todo cambie para que todo siga igual”.

Todas esas indicaciones pondrán a salvo el llamado MEN, el modelo que Susan George denomina como Modelo Económico/Elitista Neoliberal.

El libro es una provocación, pero, ¿quién cree que hay otro modelo, y cómo lo puede conseguir?