Circus, by Raindog, vía Flickr

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El sentido del humor en la adversidad puede ser atractivo, y necesario, pero no siempre es útil. El semanario The Economist arrancaba con esa idea su larga crónica sobre las elecciones en Italia. La biblia del liberalismo, que en otras ocasiones ya golpeó con dureza a dirigentes políticos italianos, principalmente contra Silvio Berlusconi, ha demostrado en todos estos años de crisis que sabe atacar las injusticias. No ahorra en adjetivos cuando critica a la cancillera Angela Merkel, por ejemplo, por su falta de flexibilidad en los planes de austeridad. Pero la publicación británica tiene una gran virtud: pisa con los pies en el suelo, y sabe que, en un contexto de globalización económica, con los países emergentes dispuestos a ganar terreno a occidente, los ciudadanos europeos deberían ser conscientes de que lo que tienen entre manos.

¿Lo son los ciudadanos italianos, al entregar sus votos a candidatos como Beppe Grillo, o el propio Berlusconi? ¿Qué papel deben asumir los ciudadanos de un país tan rico, importante y, por qué no decirlo, tan bello como Italia?

El caso que nos ocupa es Italia, pero podemos trasladar el problema a España, a Portugal o a la propia Alemania. Si lo que se desea, realmente, es una reacción, ante los abusos del poder financiero, y de la Política, por sus grandes errores como poder que debe velar por los intereses generales, lo que corresponde es una organización cívica que corrija esos errores y presiones constantes a los diferentes actores económicos. Pero se antoja poco responsable votar a unos señores que ni se conocen entre ellos, y que, en su primera comparecencia pública ante los medios, protagonizan un sainete, remitiendo a los informadores a que analicen en Internet el exiguo programa político que han colgado.

Se dirá que hicieron comedia para reflejar el hartazgo hacia la política tradicional. No funciona. La política tradicional ha tenido y tiene sus defectos, pero las asambleas como en la antigua Grecia son impracticables. No basta con ser divertido.

Hay cosas ciertas. Los medios de comunicación no hacen su trabajo. La agitadora, investigadora y escritora Susan George, ha dejado constancia de ello en El Informe Lugano II, (Deusto, 2013), que en otro post desarrollaremos. George insiste en que los medios están demasiado pegados al poder financiero, y que no han actuado en favor de los ciudadanos. Se puede discutir, pero es un elemento que hay que tener en cuenta.

Pero los ciudadanos deben realizar también su cometido. No han vivido por encima de sus posibilidades, como recuerda Susan George y otros expertos, en Europa y en Estados Unidos. Pero no han demandado lo que sus países necesitaban en cada momento.

Uno de los grandes problemas, desde el inicio de la crisis en 2007-2008, es que ha sido y sigue siendo muy difícil identificar los problemas, señalar aquello que ha fallado o buscar a aquel colectivo que, sencillamente, ha estafado al resto.

Italia, como recuerda The Economist, apenas ha crecido en diez años. No ha sido consciente, todo el país –como tampoco España—de lo que implicaba pertenecer a la zona euro. Ha perdido competitividad, la administración está sobredimensionada, la deuda pública es excesiva, el 130% de su PIB, y el crecimiento es nulo. Eso es así.

¿Es una lectura liberal, fundamentalista? Habrá interpretaciones diversas, pero, una vez se derrumbó el muro de Berlín, hay cosas que no pueden pasar desapercibidas. Oriente va a toda velocidad, y, si se desea un cambio en el modelo, habrá que remar en la misma dirección: Europa y Estados Unidos, para dejar claro a los asiáticos que hay derechos que se deben respetar. Pero, en cualquier caso, parece claro que no se puede caer en la queja y en el voto a Beppe Grillo.

El problema es votar a Grillo y enviar un mensaje a través del Iphone, sin pestañear, a pesar de que se sabe en qué condiciones se ha fabricado ese maravilloso objeto de Apple. Sí, los chinos, en unas condiciones laborales del siglo XIX.

¿Debemos o no ser responsables, pero con todo?

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