Catedral de Ginebra, por SaLoJ, vía Flickr

¡Cuidado cuando vean a un señor protestante!

“Ya desde la calle se percibe aún hoy al primer vistazo en cualquier país la presencia, actual o pasada, del orden calvinista en cierto comedimiento en el modo de comportarse, en una atonía en la forma de vestir y en la actitud, e incluso en la sencillez y la falta de solemnidad de los edificios de piedra. Quebrantando en todos los aspectos el individualismo y el impetuoso derecho a la vida del individuo, reforzando en todas partes la autoridad del gobierno, el calvinismo ha creado en las naciones por él dominadas el tipo del correcto cumplidor, del que humilde y firmemente se pliega al conjunto, el tipo del funcionario perfecto, por tanto, y del hombre de clase media ideal”.

Esta maravilla de retrato del hombre protestante pertenece a Stefan Zweig, recogido de su libro, de lectura recomendable –ya no vamos a decir de lectura obligatoria, porque cada uno es libre de elegir sus lecturas— Castellio contra Calvino (El Acantilado, 2001). Zweig no dejaba en esa gran obra muy bien parado a Calvino, un señor sectario, no cabe duda, intolerante también, pero que posibilitó, con la posterior modernización de sus postulados, un poso religioso y cultural que ha sido muy útil para muchos países europeos.

The Economist ha publicado esta semana un gran análisis sobre los países nórdicos, The next supermodel, todos ellos en la órbita del protestantismo. Y destaca de ellos la adaptación que ha realizado del capitalismo. A pesar de muchos problemas, son las sociedades más justas, pero también, y que no se olvide, las más competitivas, las que más oportunidades ofrecen a sus ciudadanos. Son sociedades que cumplen el sueño de un liberal, pero también, y no es incompatible, el sueño de un progresista que cree en la comunidad y no únicamente en el triunfo del individuo.

Muchos expertos han destacado de esos países, Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia, que reúnen una serie de requisitos fundamentales: una fuerte presión fiscal, el igualitarismo, los valores sociales basados en el luteranismo, la escasa corrupción y la confianza en las autoridades.

¿Todo eso lo tenemos en España? No. Rotundamente no. Y por ello sufrimos ahora las consecuencias.

Correcto. Pero lo más importante es que todos estos factores, importantes, no son suficientes para explicar por qué ha llegado España a esta situación. Lo que es fundamental es la construcción de instituciones sólidas, basadas en la confianza, de carácter inclusivo, que ofrezcan oportunidades e incentivos a sus ciudadanos y que aguanten en el tiempo.

Y esas instituciones se producen en determinados ambientes culturales, es cierto, pero la tesis de Max Weber, que identificaba la ética protestante con el capitalismo moderno no tiene una  correlación directa con la realidad.

Uno de los libros que seguro que permanece en el tiempo es Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, (Deusto, 2012). Los dos autores, economistas y politólogos, realizan una tarea basada en falsar argumentos, a la manera de Popper, que les lleva a manifestar que la clave son esas instituciones políticas inclusivas, que España ha tenido –o hemos pensado que teníamos—desde la transición.

Demuestran, con un repaso de experiencias históricas que llevan al lector a sentir una profunda envidia intelectual por los autores, que ni los factores geográficos, ni los culturales o religiosos, ni los factores basados en la ignorancia explican la decadencia o el empobrecimiento de un país.

Copenhague, por Abourdeu, vía Flickr

Sobre la ética protestante de Max Weber admiten que sí, que tiene una influencia, pero que no es definitiva. Y es cierto que los países predominantemente protestantes, como los Países Bajos e Inglaterra, fueron los primeros que tuvieron éxitos económicos en la era moderna. Pero no se puede establecer una conexión entre la religión y el éxito económico. Fijan como ejemplo el de Francia, de mayoría católica, que adoptó de forma rápida los resultados económicos de los holandeses y los ingleses en el siglo XIX. Y no se olvidan de Italia, que es tan próspera –a pesar de sus problemas actuales y de su pasado reciente con Berlusconi—como cualquiera de esos países mencionados

Uno de los ejemplos que destacan los dos autores con mayor simpatía es el de Corea del Sur. Este país es hoy en día uno de los más ricos del mundo. Su nivel de vida es similar al de Portugal o España. En cambio, Corea del Norte lucha con frecuencia contra grandes hambrunas. Antes de la guerra de Corea y la posterior división en el paralelo 38, todo el territorio tenía una homogeneidad sin precedentes. Compartían un idioma, la etnia y la cultura. Pero, como otro de los casos que se analiza –el de los dos Nogales, las dos ciudades de frontera, una en Estados Unidos y la otra en México—“lo importante, precisamente, es la frontera”.

En el norte, y vale para los dos casos, existe un régimen distinto, que impone instituciones diferentes, y, por tanto, crea incentivos distintos también. Cualquier diferencia en la cultura al sur y al norte de la frontera que corta Nogales o Corea en dos “no es una causa de las diferencias en la prosperidad, sino, más bien una consecuencia”.

La conclusión es diáfana. El desastre económico de Corea del Norte, un país dictatorial, que ha llevado a la muerte por falta de alimentos a millones de personas, frente al éxito económico de Corea del Sur –no se olviden de que han sido capaces de proyectar una empresa como Samsung—es asombroso. Y ni la cultura, ni la geografía ni la ignorancia explican, a juicio de Acemoglu y Robinson, los caminos divergentes que tomaron los dos países. Las respuestas se obtienen cuando se observa y se analiza las instituciones. En el caso de Corea del Sur, los políticos invirtieron masivamente en educación. Sus empresas aprovecharon toda una población mucho más preparada, y las políticas que se pusieron en marcha fomentaban la inversión, la industrialización, las exportaciones y la transferencia de tecnología.

Volvamos a España. Brevemente. Quizá la transición, sí, fue un engaño. Y las instituciones creadas se basaron en una complicidad entre el poder político y el poder empresarial que había convivido durante el franquismo. Las leyes electorales no contribuyeron a crear un vínculo de confianza entre el elector y su representante en las instituciones. Y se buscó un bipartidismo imperfecto –por la presencia de fuertes partidos nacionalistas en Euskadi y Catalunya—que se aprovechó de esa camaradería con las grandes empresas públicas, luego privatizadas, pero con amigos en las cúpulas.

No se trata de que sea un país católico. No se trata de que nos guste la siesta –por cierto, beneficiosa para la salud–. No se trata de que sea un país templado, caluroso, incluso. No se trata de que nos guste vestir con alegres colores, a diferencia del adusto ginebrino calvinista.

Se trata de edificar instituciones sólidas, de diferenciar los poderes públicos, de que cada uno sepa dónde está y cómo debe responder ante sus propios conciudadanos.

De esto se trata ahora, de recuperar lo que sea salvable. Y sin pretender derribarlo todo, de mala manera –eso sí que es muy español—buscar vías para volver a empezar.

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