La Gran Vía de Madrid, por Undone 2009, vía Flickr

 

El sentimiento de comunidad es necesario para que la riqueza que se genera en una sociedad se pueda distribuir con cierta justicia. Sí, puede ser una aseveración un tanto atrevida, pero los países que creen en ellos mismos, son los que mejor funcionan.  Es el caso de los países nórdicos. Quizá el mejor sea Dinamarca, como ha apuntado el economista Santiago Niño Becerra, que suele pecar de una visión catastrófica del futuro del sistema económico mundial. La confianza en lo que haga el vecino, hace que uno trabaje con cierta seguridad y pague sus impuestos con una cierta –sí, claro, cierta—alegría.

Pero el pago de impuestos debe ser equitativo y debe ser un motivo de orgullo. Si pagas más impuestos, es que las cosas te van bien. Lo vergonzoso es ganar mucho dinero y tratar de no pagar nada en tu propio país. Una cierta idea sobre la moralidad no iría nada mal en Catalunya, y en el conjunto de España. Porque, seamos sinceros, no es nada normal tener una cuenta en Suiza, aunque se quiera hacer creer que todo el mundo puede tener una.

La cuestión, sin embargo, es que la socialdemocracia tiene un problema muy serio, porque la batalla por el pago de impuestos la tiene perdida. Es preciso que una determinada sociedad tenga unos principios muy arraigados, que, en muchas ocasiones, están relacionados con la religión. En Dinamarca, señores y señoras, sus ciudadanos son luteranos. Y en España no.

La innovación

La idea que defiende el autor de este blog, que preside el señor John Maynard Keynes –no se olviden, era, principalmente, un liberal—es que la izquierda debe comenzar a pensar en otros asuntos. Si la batalla de la distribución está perdida, pidamos que se democratice el conocimiento y el gran factor de cambio en una sociedad, la innovación, para crear riqueza.

Una extraordinaria entrevista a Ángel Pascual Ramsay, en el no menos magnífico blog Agenda Pública, ha arrojado luz a ese intento que debería llevar a cabo un proyecto liberal de izquierda. Asegura Pascual Ramsay que mejorar y potenciar que se extienda a una mayoría de la población los instrumentos que permitan la innovación –el conocimiento en las nuevas tecnologías de la información—es el mejor modo de asegurar una distribución más justa de la riqueza.

No se debe pensar que la distribución arreglará las cosas. No porque sea injusto, sino porque, como se apuntaba más arriba, es una batalla pérdida. Siguiendo a Pascual Ramsay,  a diferencia de los países nórdicos, las clases medias en España –muy castigadas, por cierto—no están dispuestas a pagar más impuestos  “necesarios para distribuir y costear servicios públicos que no consumen”. Los catalanes son un buen ejemplo. Un buen número de esas clases medias siguen aferradas a sus mutuas y a sus colegios concertados, y no desean que se les siga presionando fiscalmente por servicios que no utilizan.

Nadie paga nada

Y, si miramos hacia las posiciones más altas, tener esperanza es una quimera. Las clases acomodadas, simplemente, no contribuyen. Y las empresas, tampoco. Vicente Cuñat constata en un artículo ilustrativo en Nada es Gratis, Facturando bajo el radar, que las grandes empresas tratan de ocultarse ante las investigaciones de las Unidades de Gestión de las Grandes Empresas (UGGES) de la Agencia Tributaria. Asegura que “un grupo significativo de empresas trata de evitar las UGGES declarando una facturación justo por debajo de 6 millones. Esta respuesta indica que las empresas prefieren ‘ser pequeñas’ desde un punto de vista de control fiscal”. Lo que apunta Cuñat es que las investigaciones se deberían centrar más, no en las empresas que facturan más de seis millones de euros, sino, precisamente, en las que están justo por debajo.

Conocida esta cuestión, o se plantea una verdadera revolución de carácter fiscal, que no olvide, sin embargo, que lo que cuenta es que se genere riqueza — no poner trabas de forma continua—o se busca una especie de liberación personal, de carácter ético, que deje de lado también la cuestión nacional.

Y llegamos a un nombre, el de Josu Jon Imaz, el exdirigente del nacionalismo vasco, que entiende a la perfección Catalunya y el conjunto de España. Presidente de Petronor, Imaz podría haber señalado un modelo que él no tuvo tiempo para concretar. Lo señalamos porque hace unos años fue el primero que, abiertamente, trató de superar el discurso al uso del nacionalismo, ya fuera vasco, español o catalán. No le fue bien al frente del PNV, quizá porque su discurso modernizador llegó antes de ahora. Lo curioso es que el actual PNV, de la mano de Urkullu, parece que sigue los pasos de Imaz.

Pero lo que proponía era que se hiciese como, que se actuara como….Es decir, que los individuos se ayuden en sus comunidades más próximas y que busquen su futuro, sin pensar en todo momento en lo que pueda hacer la administración de tu supuesto país.

Funcionemos como un país independiente, sin serlo, sin hablar demasiado, sin grandes discursos, y en silencio nuestras empresas y nuestros ciudadanos acabarán  obteniendo grandes réditos y oportunidades.

¿Eso eso ilusionante? Mucho. ¿No es un motivo de orgullo que una empresa de nuestro entorno vaya bien? ¿No es ilusionante que alguien cercano sea capaz de lanzar un proyecto que genere riqueza? ¿No es maravilloso que, fruto de ese trabajo bien hecho y recompensado, se paguen luego impuestos justos? ¿Y, por qué la izquierda no piensa seriamente en ello, pero con el importante añadido de que esa posibilidad se democratice de verdad?

Es decir, es necesario un proyecto liberal en el sentido más bello de la palabra, porque lo revolucionario hoy es seguramente un liberalismo responsable que se preocupe de lo más esencial: asegurar una cierta igualdad de oportunidades. Que ahora no existe en absoluto.

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