Barcelona desde Collserola, por jas_gd, vía Fickr

Los hechos, siempre los hechos. Pero las interpretaciones son las que quedan. Las lecturas que cada grupo humano ha acabado haciendo de la historia es lo que cuenta. Y lo que se ha transmitido es que los catalanes y, principalmente los barceloneses, se volcaron en la defensa de Carlos III, el pretendiente austriaco al trono español frente a Felipe V en la guerra de secesión que acabó en 1714. Pero, claro, hay muchos matices, explicaciones complementarias.

La novela de Albert Sánchez Piñol, Victus, es una oportunidad única para conocer, de nuevo, lo que ocurrió, a la luz de la situación política actual. Se trata de una maravilla literaria que debería tener miles y miles de lectores. Pero no sólo catalanes. Uno de los grandes aciertos de Sánchez Piñol es haber escrito esta obra en castellano. Porque, ya de entrada, con esa decisión, transmite un mensaje. Para el autor de este blog, el autor constata con ello que se trata de un problema que implica a todos los ciudadanos de España. Y, además, refleja también que el castellano es y deberá ser la otra gran lengua de los catalanes, al margen de la decisión política que se tome en los próximos años, con una Catalunya independiente.

Porque lo que Sánchez Piñol refleja, aunque se circunscriba al panorama peninsular de 1700, es una interpelación en los tiempos actuales. Asegura en algunos pasajes de la novela, para explicar la situación de aquel momento, que “en realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro”.

Para los catalanes, considera el autor, España “sólo era el nombre que se otorgaba a una confederación libre de naciones”. Para los castellanos, en cambio, “en la palabra España veían una prolongación imperial del brazo de Castilla”. O, con otra expresión de Sánchez Piñol, algo más atrevida y visual, “para los castellanos España era el gallinero y Castilla su gallo; para los catalanes España sólo designaba el palo del gallinero”. Es decir, durante siglos las dos partes del todo, las que formaron España, entendían su creación de forma muy distinta.

Lo cierto, y el autor logra con mucho celo salvaguardar todos los matices, es que la guerra que culminó con el asedio de Barcelona en 1714 fue un enfrentamiento sucesorio, sí, y los catalanes no lucharon contra los españoles. Pero también fue, sí, una batalla por los intereses propios de los catalanes, para preservar las libertades y constituciones de las que gozaban –es un decir en aquella época, pero jurídicamente era cierto—con Carlos II.

Martí Zubiría, el protagonista de la novela, incide una y otra vez en el celo de los ciudadanos, desde Tortosa a Barcelona. Resisten, quieren presentar batalla, cuando lo más lógico, como ha pasado en tantos países a lo largo de la historia, hubiera sido permanecer al margen de una cuestión sucesoria, de un cambio de monarcas. Y tratar de no verse implicados. Por tanto, queda claro que los catalanes –nunca de una forma monolítica, claro—no querían a un Rey francés, al entender que les podía perjudicar. Y pelearon contra una curiosa alianza, la doble Corona, entre españoles y franceses, en el contexto de una guerra internacional, con Inglaterra como protagonista  (siempre incumpliendo, cuando lo ha considerado, los compromisos adoptados).

Pero Victus es historia, ¿o no? Esa es la pregunta que queda en el aire. Las referencias constantes del nacionalismo catalán a 1714 se antojan excesivas y fuera de lugar. Los historiadores más lúcidos hablan de una expresión formulada en francés: c’est trop tard! Es muy tarde ya para reclamar un estado propio en el concierto internacional. Eso no implica que sea imposible. Se verá.

Las palabras del Rey, ahora el actual, Juan Carlos I, en una especie de entrevista-conversación en TVE, recogen el problema. Habla del peligro de “políticas rupturistas”, en una alusión directa a Catalunya y al proyecto del president Artur Mas. Considera que con el esfuerzo de todos se puede salir adelante, de todos juntos, claro.

El fantasma, en todo caso, sigue vigente. ¿Sigue habiendo dos proyectos, dos partes que ya no pretenden formar un todo? ¿Castilla y Catalunya, como en 1700? ¿O es una interpretación que ya no sirve?

Uno de los problemas  importantes de Catalunya, o de una visión concreta de una parte de los catalanes –los más activos, y con más poder—es considerar que España no ha evolucionado y que sigue siendo víctima de una de las partes, aquella gran Castilla. Definitivamente eso no es cierto, pese a los errores de tal o cual gobernante. No se puede vivir en el pasado.

El otro lo apunta claramente Martí Zubiría en su relato. Es decir, lo señala Albert Sánchez Piñol. El contexto es la época de 1700. Pero es muy válido ahora:

“He aquí nuestro peor defecto. No saber lo que queríamos, más allá de solazarnos en el reducto de lo pequeño. Esto no, aquello tampoco. Ni Francia ni España, pero incapaces de construir un edificio político propio. Ni resignados a nuestro destino ni dispuestos a cambiarlo”

¿Cambiará algo, a partir de ahora?

Dos apuntes más. Rafael Casanova, al que se honra cada 11 de septiembre, dejó mucho que desear. Asumió el poder político en la Barcelona asediada, pero forzó un certificado de muerte, tras ser herido en una pierna, y se largó. Reemprendió más tarde el ejercicio de su profesión de abogado. Pero es cierto que presentó algunas dosis de lucidez, al entender que prolongar la resistencia de Barcelona provocaría la tragedia, como así fue.

En cambio, el héroe no es otro que Antonio de Villarroel. Es el militar español, nacido circunstancialmente en Barcelona, que defiende la ciudad. Hasta que los gobernantes catalanes (los felpudos rojos) –un triste papel en todo el conflicto—insisten en una defensa que será un infierno y Villarroel renuncia. Sin embargo, acaba resistiendo con sus tropas.

Pero que no se olvide nadie de la literatura. Y Victus es alta literatura. Lean, lean.

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