El intelectual soberbio, el comercial impetuoso, la comida exquisita, el hogar magnífico, todos los prejuicios, y un gran sentido del humor.

Corran y vean Le Prénom, una obra de teatro que los propios directores, Alexandre de la Patellière y Mathieu Delaporte llevaron posteriormente a la gran pantalla. Con un enorme Patrick Bruel, sonreirán, saldrán del cine con una sensación de enorme felicidad, con la idea de que pagar un poco más de IVA, por esta vez, ha resultado ser una gran inversión. Ir al cine está muy bien, aunque ahora, ciertamente, sea un poco caro para todos los bolsillos, también para una clase media muy castigada en toda España, y, un poco más todavía, en Catalunya.

Vayan y vean cine, francés si puede ser, porque, señores y señoras, los franceses hacen un cine magnífico, para todos los gustos. Y es que invierten grandes cantidades de dinero, porque lo consideran una industria nacional. Los franceses creen en su cine y van a ver su cine.

Pero el modelo francés puede tener los días contados. En Alemania lo saben. Y los ataques son constantes. Alemania ha acabado realizando una gran labor: su modelo es el único posible. Bueno, eso es lo que los alemanes defienden. Y, aunque cueste aceptarlo –en este blog no se ahorran las críticas a la cancillera Angela Merkel—los alemanes son más conscientes que nadie del funcionamiento de la economía global.

Hay un dato esclarecedor: de los 25 estados más endeudados del mundo, 17 están en Europa. Es decir, o se juega en otro terreno, o la globalización acabará dejando a Europa en la cola del crecimiento económico mundial, entretenidos todos en estas comedias francesas tan divertidas.

Algunos datos son demoledores. En el año 2000, a los trabajadores franceses se les pagaba un 8% menos que a los alemanes. En el 2011, cobraban, en cambio, un 10% más. El déficit comercial es ahora, respecto a Alemania, de 1.000 millones de euros al mes. En 2004 era justamente al revés. Era Alemania quien presentaba ese déficit comercial respecto a Francia.

El gasto público de Francia representa el 54% del PIB, el mayor de Europa. Un gasto que, basado en altos impuestos y altas cotizaciones sociales de las empresas,  permite, precisamente, una inversión enorme en industrias nacionales como el cine y un estado del bienestar muy bien dotado.

Es un modelo en el que creen gaullistas y socialistas, derecha e izquierda, Hollande o Copé o Fillon. Pero que está herido de muerte. Por el momento la agencia Moody’s  le ha retirado la triple A a la deuda francesa. Y es que la deuda pública ya alcanza el 90% del PIB.

Lo que ocurre es que las críticas de Alemania son demasiado hirientes.

Un artículo del rotativo Die Welt, publicado recientemente, es muy ilustrativo. Con el título de France’s elites ara in denial, se escriben cosas como éstas: “Mientras, las exportaciones francesas retroceden, el paro estalla, el antisemitismo de los musulmanes causa estragos en los suburbios, la seguridad social está al borde de la ruina y la quiebra amenaza al Estado”.

Es casi apocalíptico.

Suerte que hay otros señores, y afortunadamente también alemanes, que ven la situación de muy distinta manera. El analista Wolfgang Münchau, en su reciente artículo What not to worry about in the euro crisis, considera erróneo el análisis que publicó hace un par de semanas The Economist centrado en Francia, país que consideraba como el enfermo de Europa.

Y enumera los verdaderos problemas que sí pueden acabar con la zona euro y con el bienestar de millones de europeos. El primero es el impacto de las políticas de la austeridad en el crecimiento, algo que se comprobará desgraciadamente en el 2013.

También la gestión de la deuda de Grecia, que sigue siendo un error, porque no se acepta lo que acabará siendo inevitable, como es una quita importante, una reestructuración en toda regla.

Y finalmente, Münchau entiende que el tercer problema es la lentitud para encarar la unión bancaria, con la idea de evitar que los bancos queden contaminados por la deuda soberana.

Pero parece que lo que prime, realmente, sea un criterio ideológico, de fondo. Porque no nos engañemos, a los alemanes no les gustan las comedias francesas.

Ya saben, el intelectual soberbio, la mujer bellísima, el apartamento parisino…