El ciudadano europeo, principalmente si pertenece a uno de los países del sur, tiene grandes dificultades para identificar qué es lo que está sucediendo. Le gustaría identificar a un culpable, pero no acaba de saber en qué dirección debe señalar su dedo. Ese ciudadano español, portugués, irlandés, italiano, y, por supuesto griego, sabe que las cosas en su país no se han hecho del todo bien, y es consciente de que podía haber optado por el alquiler de una vivienda sencilla. Ahora las cosas serían de otra manera. Pero hay que mirar hacia adelante, piensa, y cavila para buscar una salida.

Ese ciudadano del sur de Europa puede llegar, después de mucho estudio y observación, a una conclusión desesperante. Los intereses están muy cruzados, porque no se trata de comparar entre países, sino de ver qué capas de la sociedad europea se han beneficiado y cuáles han sido especialmente castigadas. Y si acaba apuntando a Alemania, sí, habrá acertado, pero le faltará algún detalle. Porque resulta que esa ‘malvada’ canciller alemana, Angela Merkel, defiende a las clases pasivas, a esos jubilados que el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, no sabe si subirles o no las pensiones en función de la inflación alcanzada este año.

Merkel defiende a unos ciudadanos alemanes determinados, intentando, claro, no perjudicar al conjunto de la sociedad alemana. El lector conocerá casos muy concretos. Seguro que ha podido hablar, el pasado verano, con algún alemán que veranea en Tossa de Mar (Girona), por ejemplo. Ese ciudadano es ya un jubilado, y es fiel a Tossa. Se compró una casa hace varias décadas. Y, entrados en materia, admite que Alemania ha fijado unas reglas muy rígidas para controlar el déficit, y que, tal vez, a él que ama a España, le disgusta esa severidad con un país tan bello. Pero en la siguiente reflexión apunta que no desea que el gobierno alemán ponga en marcha un plan de expansión fiscal, porque ello generará inflación, y él perderá, seguro, capacidad adquisitiva. No, él ha trabajo duro muchos años. Ahora tiene un coche de una buena marca alemana, renovado recientemente gracias a sus ahorros e inversiones y no le gusta nada la inflación.

Pero es que al inversor alemán tampoco le gusta que se eleve la inflación. El ciudadano alemán medio, que invirtió en activos de bancos alemanes, convencido por sus banqueros de toda la vida –que fueron, a veces se olvida, de los más arriesgados e irreflexivos durante el boom inmobiliario—no quiere perder su dinero. Así que la disyuntiva es muy clara.

El dilema que se presenta, y que algunos gobiernos como el español entienden pero no son capaces de afrontar, puede resumirse en dos grandes opciones. En la primera opción se podría aliviar a los deudores, como España, de parte del peso de su deuda, o bien perdonando una parte –la famosa y temida quita—o bien generando inflación que ayude a estos países a que en términos reales devuelvan una deuda menor.

Pero también existe otra opción, la de estrujar al máximo a estos deudores para que devuelvan hasta el último euro aunque se corra con el riesgo de que dejen de pagar. Y esa segunda opción, la seguida hasta ahora, deriva, de momento, en huelgas generales y la sensación real de que no hay nada que hacer, de que la salida de la crisis se alarga y se alarga, y que la agonía se puede convertir, ya lo es, en una tragedia social.

El ciudadano del sur de Europa, si ha seguido toda la argumentación, entenderá que los partidos de izquierda alemanes, o, por lo menos el gran SPD, no se despegan del todo de las tesis de la canciller Merkel. Y piensa que se trata de algo lógico. ¿No defienden los partidos de izquierda a sus pensionistas, a los que ven muy desprotegidos? Pero, tras unos segundos de duda, pensará también que esos pensionistas y esos inversores de clase media alemanes tal vez no estén en una situación precaria. Sí, seguro que no, pero tampoco quieren perder posiciones.

Esa es la complejidad de los países de la zona euro. Hay que decidir con quién se quiere estar, con qué sectores sociales se desea contar, y, a partir de ahí, actuar en consecuencia.

Lo que los gobiernos no se atreven a verbalizar es que se trata de una guerra encubierta, en toda regla, entre sectores sociales con intereses muy contrapuestos. Y, además, y eso es lo más importante en estos momentos, se trata de una guerra en un espacio que no tiene todavía los instrumentos adecuados para atenuar los daños.

El Banco Central Europeo, dentro de todo, hace lo que puede. Su presidente, Mario Draghi, es consciente de la situación, y lucha bajo la atenta mirada de un joven Jens Weidmann (1968), presidente del Bundesbank, verdadero guardián de las esencias. Pero es necesario un gran ministerio de Hacienda europeo, a la manera del Tesoro de los Estados Unidos, que actúa siempre coordinado con la Reserva Federal. Con esos instrumentos, con una mutualización de la deuda, se puede crecer y se puede ayudar a los que, coyunturalmente, se han quedado por el camino. ¿O no ayuda el gobierno federal de Estados Unidos a California o Nevada, con problemas similares por el boom inmobiliario?

Ese es el problema de fondo. Sí, se trata de un debate de macroeconomía, complejo y elevado, tal vez, pero si no se resuelve poco se podrá hacer. Merkel seguirá defendiendo, sin más miramientos, a jubilados e inversores medios alemanes.

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