Se podría decir que en un principio se decidió que no se aceptaría una restructuración de la deuda. Países como España, aunque las dudas aparecieron con el caso de Grecia, no podrán dejar de pagar sus deudas. Pero la crisis avanza, las recetas de la Comisión Europea, decretadas por Alemania, no están solucionando nada. De hecho, agravan la situación. Y la sociedad española sólo puede pensar ya, si falla su capacidad de aguante, en una marcha hacia Alemania, junto con los portugueses, y enlazar por el camino con ciudadanos italianos, griegos, y, por qué no, también con los vecinos franceses.

Media Europa en Alemania, presionando a sus dirigentes políticos, y haciendo ver –quizá sea eso lo más importante– a los ciudadanos alemanes que deben reaccionar, sería una cívica exigencia de que se debe producir de inmediato un giro político y económico que evite el desastre.

El economista de Fedea, Tano Santos, ha explicitado lo que Alemania quiere de España y del resto de países endeudados. Recuerda, en el blog Nada es gratis, que la deuda externa de España es de 1.798.740 millones de euros, casi 1,8 billones de euros. La mayor parte corresponde a deuda privada, en concreto deuda bancaria, con lo que se entiende los enormes problemas del sector financiero español. La deuda de las administraciones públicas es menor, de 237 millardos de euros (237.000 millones).

Dice Tano Santos en su artículo La España atrapada, que él mismo escribió  en 2010 que los mecanismos que estaba creando la Unión Europea, la zona euro, eran un vehículo para socializar al nivel del contribuyente nacional, que no europeo, las pérdidas del sector privado y comprometer de forma explícita o contingente al contribuyente español con ese endeudamiento.

Es decir, concluye Santos, España lo va a pagar todo, hasta el último euro. Como mucho, las facilidades se van a limitar a refinanciar esa deuda con bajos intereses, Mario Draghi mediante.

Pero, todo esto, además de preguntarnos si es lógico o no, ¿es sostenible? Como dato añadido hay que recordar que el propio presidente del BCE, Mario Draghi, ha tenido que dar cuenta de su política favorable a la compra de deuda española ante los diputados alemanes, en el Bundestag. De 17 miembros de la zona euro que se rigen bajo la autoridad monetaria del BCE, ¡Draghi ha tenido que explicarse ante el parlamento alemán!

En Catalunya existe una cierta comprensión con los alemanes, principalmente ahora, en pleno proceso soberanista. Si los españoles malgastaron el dinero que se les prestaba y se endeudaron, que aguanten el chaparrón y paguen con todo el esfuerzo que sea necesario. Pero las cosas no son exactamente así.

Una de las cuestiones centrales de esta crisis –financiera en su origen y económica posteriormente– atañe a la esfera política.  Y a la pregunta sobre los gobiernos democráticos en Europa. ¿A quién deben defender, al conjunto de los ciudadanos, o a sus ciudadanos inversores y ahorradores?

Si saben las decisiones que se han tomado, principalmente Alemania, se entenderá que la democracia corra un serio peligro.

El periodista económico, que fue director europeo de Thomson Reuters, Juan Ignacio Crespo, constata en su libro Las dos próximas recesiones (Deusto, 2012) ese problema alemán. Y es que muchos alemanes depositaron el dinero de sus ahorros en su banco, el cual lo prestó, entre otros, a empresas, familias y Estados que ahora se hallan cuestionados como sospechosos de que no lo podrán devolver. Pero esos préstamos, recuerda Crespo, se concedieron de forma irreflexiva en muchos casos, y en productos tóxicos.

Crespo, como Tano Santos, llega a conclusiones similares: la falta de una salida para esos países endeudados.

Y apunta dos alternativas.  “¿Qué se puede hacer con los deudores? ¿Aliviarles de parte del peso de su deuda, bien condonándosela (perdonándosela), bien generando inflación que les ayude a que en términos reales devuelvan una deuda menor o, por el contrario, estrujarles lo máximo con objeto de que retornen hasta el último céntimo, pero corriendo con ello el riesgo de que dejen de pagar?”

Creo que saben la respuesta. Sólo se trata ya de estrujar al máximo.

Paul Krugman, Kenneth Rogoff y Carmen Reinhart llevan muchos meses defendiendo una reestructuración de la deuda, o una mayor inflación (pagando salarios más altos en los países del centro de la zona euro, para que tiren del carro europeo, y se beneficie a países como España, aunque pierdan los inversores). En España autores como Antón Costas también defienden estas tesis. Pero nada se mueve.

Sólo queda, porque el presidente español Mariano Rajoy, aunque parece que lo intenta, no se hace valer lo suficiente –Felipe González y José María Aznar sí lo hubieran hecho—una única salida:

Una marcha cívica de los europeos del sur a Alemania.

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