Es un cuento largo, una historia larga, emulando el título de una obra de Günter Grass. Finales de los ochenta.  Principios de los noventa. Y el 3 de octubre de 1990 ocurría el milagro: la reunificación de Alemania.

Era el fin de dos países que habían sido tan queridos, como llegó a decir Mitterrand, que media Europa prefería verlos en dos estados diferentes.

El hecho es que no fue una reunificación, no fue un acuerdo entre dos estados. Fue una absorción, una liquidación, en la que la República Federal Alemana acabó con la República Democrática Alemana. Era, y es un triunfo de la democracia liberal, pero era y ha acabado siendo un fracaso del sueño de la Europa unida.

Ahora hay autores que comienzan a ver ese fracaso. En su momento sólo lo vio Günter Grass, que no entendió por qué la RFA debía imponer su poderosa moneda, el marco alemán, haciendo pagar al conjunto de los alemanes, del oeste y del este, un esfuerzo colosal, del que todavía no se han recuperado.

Entonces el canciller Helmut Kohl fue elevado a la categoría de héroe, pero los libros de historia le pueden jugar una mala pasada en el futuro. Es cierto, en su descargo, que actuó de buena fe, pero las consecuencias de aquella absorción que denunciaba Grass la pagan ahora el conjunto de los europeos, y, principalmente, los estados del sur, la denominada periferia europea.

¿Por qué? El analista del Financial Times, Wolfgang Münchau lo ha analizado de forma magistral. Recuerda que la reunificación de Alemania costó cerca de 2.000 millones de euros de transferencias sociales. Y que resultó, en términos estrictamente económicos, un fracaso. No es de extrañar, apunta Münchau, que los alemanes, que tuvieron que pagar un coste muy elevado y lo siguen pagando todavía, no quieran ahora saber gran cosa de los europeos del sur. Y señala que aquella reunificación comportó un cambio enorme en las prioridades alemanas. Su capital se desplazó hacia su entorno natural, más cerca de Rusia, con Berlín, que de Bruselas, París o Londres.

Münchau recuerda que, cuando preguntaba hace unos años a los dirigentes políticos alemanes cómo coordinaban las políticas económicas europeas, la respuesta era contundente e inesperada: Alemania no coopera a nivel europeo, sino al nivel del G-20. El cambio de paradigma ha sido total. Alemania se ve capaz, de nuevo, de ser un actor global, junto con Estados Unidos, China o Rusia, y Europa ha comenzado a quedar en un segundo plano.

La reunificación, además, comportó la entrada de nuevos protagonismos políticos procedentes del este de Alemania, como la canciller Angela Merkel, díscipula, no olvidemos, de Kohl. Y las nuevas generaciones que se han incorporado poco quieren saber del pasado y de la responsabilidad de Alemania en el concierto europeo.

Prueba de ello es el presidente del Bundesbank,  Jens Weidmann, que no deja de dar lecciones sobre el comportamiento de los bancos centrales, considerando que la política monetaria no puede resolver lo que él considera como los factores responsables de la crisis, la falta de competitividad, los altos niveles de deuda y de déficit y la debilidad de los sistemas financieros.

Esa rigidez de miras, porque el déficit de los estados, como España, llegó para poder paliar los efectos de la crisis económica –que se explica por la falta de crecimiento real de la economía- denota que los alemanes están para otra cosa, no para analizar qué pasa en el seno de Europa y cómo se puede resolver. Podemos añadir a ello, que Weidmann es del año 1968. El pasado lo conoce por los libros, no lo ha vivido. Y su ligazón emocional con la vieja Europa no puede ser ya la misma que la de los cancilleres Kohl o Smith.

Un marco sobrevalorado

Pero sigamos con Münchau y Grass, que sostuvo en aquellos años de la reunificación tesis similares. Debido al peso de la reunificación alemana, el conjunto del país adoptó una moneda con una cotización sobrevalorada. El este disponía de los mismos marcos, aunque la ex RDA era mucho más pobre. Ante esa circunstancia, que se admitía, la política económica se basó en una desmedida lucha para aumentar la competitividad y orientar, ya sin ningún límite, toda la economía a la exportación. No se pensó en Europa, se pensó en una nueva Alemania abierta al mundo.

Recordemos que el Banco Central Europeo se creó a imagen y semejanza del Bundesbank. Recordemos que se impuso una política de tipos de interés extraordinariamente bajos, que beneficiaba a la nueva Alemania, pero perjudicaba en exceso a países como España, que recibieron ingentes cantidades de dinero prestado. El exceso de crédito fue letal para todo el sur de Europa, y es lo que el periodista Jordi Evole trataba de explicar a un sordo catedrático de economía y asesor de la cancillera Merkel, Juergen Donges, en su reciente programa Salvados.

Es lo que Münchau ha querido recordar, que aquella reunificación, la forma en la que se planteó y se ejecutó, es una de las causas de la actual crisis europea.

Pero Günter Grass lo dijo cuando tocaba. Tenía razón.

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