Con el movimiento independentista que se vive en Catalunya se ha recuperado la idea de la decadencia de España. Y se compara la situación con la de 1898, con la pérdida de Cuba, que sumió a la intelectualidad española en la depresión más absoluta. De hecho, casa bien esa comparación, aunque no se sostenga en ningún elemento de la realidad, porque la mentalidad española tiende con facilidad a ese sentimiento derrotista.

Le ha ocurrido a lo largo de su historia, hasta el punto de que perder el poder en América, se vio como la decadencia de España que culminó en ese fatídico 1898. El hispanista John Elliot, en cambio, ha ofrecido siempre una visión distinta y, creo, más real y objetiva: España no entró en decadencia, lo extraño fue que alcanzara tanto poder. Ese fue el hecho relevante. Era un país pobre, despoblado, que llegó a ser un Imperio, a ser una potencia mundial.

Pero no retrocedamos tanto. Lo que ocurre ahora, con una crisis económica desconocida, que puede arruinar una gran parte del Estado español, podría también echar por tierra todo lo conseguido en los últimos treinta años.

Las generaciones más jóvenes desprecian la transición. Muchos articulistas, líderes de opinión, han dejado constancia de los errores, carencias y oportunidades perdidas de la transición. Pero son injustos en sus apreciaciones, si entendemos el esfuerzo enorme que supuso y que podemos ilustrar con muchos nombres, pero podríamos escoger el de Santiago Carrillo, que acaba de fallecer.

Carrillo sacrificó a su partido político, aunque es cierto que él pensaba que las cesiones constantes de los principios del PCE, podrían reportarle importantes ganancias electorales. Se sintió una víctima de esa transición, pero contribuyó a crear un sistema democrático absolutamente homologable a los sistemas políticos de su entorno europeo.

El escritor Javier Cercas explicó en su magnífico libro Anatomía de un instante que la transición fue un logro mayúsculo, y que no entendía del todo las críticas que se vertían en los últimos años. Quiso aportar algunas razones y una de ellas la sitúa en un pie de página que nos ofrece mucha información para interpretar también lo ocurre en estos momentos.

Se  refería a que, al margen de que nuevas generaciones habían accedido al poder y cuestionaban el pasado, los seres humanos tienden a mostrar su insatisfacción permanente. Y se basaba Cercas en el filósofo Odo Marquard, de quien toma la siguiente cita:

“Cuando los progresos culturales son realmente un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo. Más bien se dan por supuestos, y la atención se centra en los males que continúan existiendo. Así actúa la ley de la importancia creciente de las sobras: cuanto más negatividad desaparece de la realidad, más irrita la negatividad que queda, justamente porque disminuye”.

¿Qué les parece? ¿Qué hubo errores en la transición y se pudo avanzar más en algunas direcciones? Seguro, pero lo que aportó ¿no fue un buen sistema político, una democracia, que, por definición, siempre es perfectible?

Esa reflexión enlaza con la del abogado Amadeu Hurtado, quien en su libro Abans del sis d’octubre, sobre la política catalana y española en 1934, considera que el nacionalismo, una vez alcanzada una meta, ya piensa en la siguiente y no valora lo que acaba de conseguir. El nacionalismo es futuro, no presente, y la insatisfacción, por tanto, siempre es enorme.

Pues algo de lo que hablaba Hurtado ha ocurrido en los últimos años en Catalunya. Los propios actores saben, lo explican en privado y en público  -menos- que la negociación del Estatut fue un desastre, que se trató de una subasta, que CiU y ERC compitieron elevando sus demandas, hasta hacer del texto algo incomprensible, con una voluntad intervencionista que atemorizó no ya al siempre demonizado empresariado, sino a los ciudadanos más liberales.  Eso fue así.

El Estatut, legítimo, por supuesto, refrendado por los ciudadanos catalanes, no obtuvo, en cambio, un gran apoyo, porque la participación en el referéndum no fue masiva, como se esperaba.

Pero todo eso es pasado, aunque es necesario recordarlo.

Ahora España está en el rincón, atenazada por los acreedores, los que poseen la deuda pública y privada. En Europa nadie parece querer ayudar, a pesar de algunos movimientos, vamos a reconocerlo, de Alemania, que parece entender que perderá mucho más de lo que pudiera ganar si se rompe la zona euro.

Y España está también en el rincón por el deseo de una parte sustantiva de catalanes que quieren la independencia. El problema que surge es si quiénes han alentado y apoyan ese movimiento, sólo pretendan ahora ganar por mayoría absoluta unas elecciones.

Y el problema más grande es que las personas necesitan creer en proyectos, tener esperanzas, y muchas de ellas caen en fanatismos, y han sido y son objeto de manipulación, son utilizadas para cuestiones algo menos patrióticas.

Siguiendo con los problemas, no es menor el intentar ver los errores y las trampas, las promesas cumplidas y no cumplidas de todos, los que mandan desde Madrid y los que lo hacen desde Barcelona. Pero no es la mejor época para quien lo intente.

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