La política europea está recuperando su papel. Esta afirmación puede resultar presuntuosa, es cierto, y atrevida, pero vamos a creer en ella. De hecho, nos gustaría que la política cobrara un protagonismo que todos los países con dificultades, como España, necesitan de forma urgente. Las palabras de Mario Draghi han resultado casi mágicas. La prima de riesgo ha descendido y la bolsa ha subido con fuerza. En cierta medida, aunque a Draghi se le considere un ortodoxo, el presidente del BCE no es ajeno a la política. Y ha dejado claro que el BCE hará lo necesario para salvar el euro y que lo que haga será suficiente. La maniobra de Draghi nos lleva a una situación parecida, salvando todas las distancias, pero también con algunos rasgos comunes, a la que se vivió en el Reino Unido en 1925.

Aquel fue un año de vital importancia para toda Europa y especialmente para los británicos. Después de la I Guerra Mundial, el Reino Unido había abandonado el patrón oro. Estados Unidos había cobrado el protagonismo y amasaba lingotes de oro en la Reserva Federal que dirigía con gran habilidad Benjamin Strong. El ministro de Hacienda británico no era otro que Winston Churchill y vivía angustiado por las presiones del Banco de Inglaterra para que volviera al patrón oro. Su máximo dirigente, Montagu Norman, amigo y confidente de Strong, tenía claro que no había otra posibilidad. Norman quería que la libra inglesa tuviera de nuevo un papel protagonista en Europa, y eso pasaba por atarse de nuevo al patrón oro.

La historia es conocida. Churchill acabó dando la razón a Norman, el gran vencedor del momento, según el propio The Economist de la época. Poco tiempo después Churchill acabó admitiendo que había sido uno de los grandes errores de su carrera política.

Pero, ¿qué lecciones podemos aprender de aquel debate? En beneficio de Churchill hay que decir que no tomó la decisión de forma unilateral. Se documentó y pidió consejos a los mayores expertos. Incluso convocó el 17 de marzo, aprovechando que su mujer Clementine estaba en el sur de Francia, a los señores más importantes del momento en una velada en su residencia oficial, en el número 11 de Downing Street. Rodeado de licores y buenos cigarros, como apunta Liaquat Ahamed en su fabuloso libro Los señores de las finanzas, (Deusto, 2010) –sigue insistiendo el autor en que no podemos olvidar las lecciones de la Gran Depresión– Churchill quería saber todos los pros y contras de la decisión de volver al patrón oro.

Antes de esa cena, el ministro de Hacienda ya sabía algunas cosas. Después de documentarse, había llegado a verbalizar la disyuntiva: a pesar de todas sus ventajas, si se restauraba el patrón oro ello podría suponer un alto coste para los desempleados de las industrias británicas expulsadas de los mercados mundiales. Y, ante sus asesores, Churchill concluyó: “El gobernador del Banco de Inglaterra –Norman- se muestra plenamente satisfecho ante la perspectiva de que Gran Bretaña sea la nación con mayor crédito del mundo y, al mismo tiempo, tenga un millón y cuarto de desempleados”.

¿Qué les parece? ¿Ven similitudes?

Porque en la cena de aquel importante 17 de marzo el debate que se planteó fue muy serio. Frente a Churchill estaba… ¿quién?  Sí, en la cena estaba el sector ortodoxo, representado por dos asesores de Hacienda, Otto Niemeyer y John Bradbury, posicionados con Montagu Norman. Y en el bando contario estaba Reginald McKenna, antiguo ministro de Hacienda liberal y en ese momento presidente del Midland Bank y…John Maynard Keynes, totalmente contrario a volver al patrón oro porque, precisamente, alertaba de que la medida dejaría a muchos trabajadores sin empleo.

¿Y cuál era el debate que acabó ganado la ortodoxia? El mismo que ahora.

Liaquat Ahamed constata en el libro que, aunque formalmente se trataba de una discusión técnica entre expertos, reflejaba, en cambio, una división de gran alcance entre quienes creían que a los gobiernos se les podía atribuir el poder de gestionar la economía y quienes insistían en que el gobierno era imperfecto y, por tanto, su actuación tenía que estar limitada por normas estrictas.

Las cosas se van esclareciendo, ¿no?

Sigamos. Churchill ya no podía más. Y casi al amanecer, le preguntó a Mckenna: “Tú has sido político. En la situación actual, ¿qué decisión tomarías?”.

Y Merkel-Draghi (hasta las afirmacionesde ayer)… Perdón: Y Mckenna respondió: “No hay escapatoria. Tendrás que volver al patrón oro; pero será un infierno”.

En ese momento, los favorables al patrón oro habían ganado. A Keynes, casi le da un infarto y asesina a Mckenna, pero la decisión ya estaba tomada.

Posteriormente Keynes escribió el famoso libro Las consecuencias económicas de Mr.Churchill, producto de una serie de tres artículos, publicada inicialmente en el Evening Standard. Esas consecuencias no eran otras que un enorme paro y huelgas generales.

La ortodoxia ganó y los trabajadores perdieron, los mismos que habían muerto sin razón alguna por Inglaterra en la I Guerra Mundial.

Ahora la ortodoxia sigue ganando, el patrón oro en el que se ha convertido el euro dominado por Alemania, está dejando en la cuneta a países como España.

Pero quizá Draghi ha comenzado a cambiar el guión y se acuerda de las lecciones de Keynes, que, no nos olvidemos nunca, era un liberal, pero un liberal con un cierto sentido del bien común, de lo que se entiende por aquello que es bueno, siguiendo a su referente filosófico, George Edward Moore.

Anuncios