Los países emergentes han comenzado a sufrir una desaceleración, aunque todavía mantienen tasas de crecimiento. Los países occidentales, en cambio, los más industrializados, llevan años con índices muy pobres. Son economías maduras, que, aunque se cuestione con una cierta racionalidad el cálculo del PIB, no son capaces de presentar un crecimiento sostenido.

En anteriores entradas de este blog, se ha destacado la evolución de la economía mundial y el proceso que ha llevado, desde hace unas décadas, a un estancamiento económico. Algunos autores, como Harry Magdoff y Paul Sweezy, en trabajos publicados en Monthly Review, estudiaron ese cambio trascendental que arranca a mediados de los años setenta. Sweezy lo explicó en 1997 en un artículo titulado More (or Less) on Globalization.

Se refería Sweezy a lo que él denominaba las tres tendencias subyacentes más importantes de la historia reciente del capitalismo. El primer periodo comienza con la recesión de 1974-1975, con una ralentización de la tasa de crecimiento general. Posteriormente se genera una segunda etapa en la que la característica principal es la proliferación de grandes empresas multinacionales monopolistas (y oligopolistas) en el mundo entero, y la tercera etapa se bautiza como el reino de la financiarización del proceso de acumulación de capital.

Todo esto viene a cuento para explicar lo que está pasando con la deuda pública. Los capitales, después de las distintas burbujas –la última generada por el mercado de viviendas- no ven posibilidades en la economía real de lograr importantes beneficios. Es un síntoma de ese proceso de estancamiento económico que caracteriza a Occidente desde hace tres décadas. Y, ante esa falta de proyectos atractivos, se han volcado en la deuda pública.

Así, aunque España esté en una situación que haga pensar lo contrario –ha colocado letras del Tesoro un poco mejor de lo esperado a falta de la colocación de bonos que ofrecerá esta misma semana- la mayoría de países están pagando intereses muy bajos por su deuda.

Como explica el Business Insider, en el enlace del párrafo anterior, lo que está sucediendo rompe los esquemas que utilizan los analistas en estos momentos. No hay una crisis de deuda pública en el mundo. Lo que hay es una falta de crecimiento económico mundial, que lleva a los inversores a dirigir sus pasos hacia la deuda de los principales estados. Desde Francia, amenazada hace muy pocos meses, hasta los propios Estados Unidos. Prefieren un interés modesto, a aventuras en la economía real, que vive momentos de gran incertidumbre, la que Keynes, por cierto, quiso combatir a lo largo de toda su carrera profesional.

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