Es verdad. La Constitución española avaló el modelo del concierto económico que ordena las relaciones económicas del País Vasco y Navarra. Es un régimen especial, que, no porque lo haya reconocido la Constitución, deba verse eximido de la necesaria crítica. Es cuestionable que, después de una dictadura –que reconoció incluso el concierto en el caso de las provincias leales, como Álava- se rescatase un modelo producto de unas relaciones políticas que no pueden ser, cuanto menos, calificadas como propias de un Estado liberal moderno.

Los Fueros de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya eran un corpus jurídico que fue resultado de la recopilación hecha en distintas épocas a partir del siglo XV de las ordenanzas de Hermandad o acuerdos del Señorío, de las disposiciones procedentes de la jurisdicción real, y de los usos y costumbres consuetudinarias de cada uno de estos territorios, como bien explican José Luis de la Granja, Santiago de Pablo y Coro Rubio Pobes en Breve Historia de Euskadi, de los fueros a la autonomía (Debate, 2011).

Es decir, no es, exactamente, producto de una revolución liberal, de un estado moderno y democrático, que establece las bases fiscales de sus territorios.

Pero lo que ocurrió en la transición española ya está hecho, aunque ello no deba suponer que se pueda y deba plantear reformas de calado.

En el debate que se ha instalado, de nuevo, en la política catalana, sobre un pacto fiscal entre Catalunya y el resto de España, la meta del concierto económico vasco se ha planteado con fuerza. Las fuerzas políticas nacionalistas argumentan que los catalanes no tienen por qué ser menos y que deberían gozar de las mismas ventajas de vascos y navarros. El mensaje pesa, es evidente. Si en el País Vasco y Navarra se consideró que el concierto era posible, ¿por qué no en Catalunya?

La cuestión de fondo es que depende de que Estado se desee. La diputada y portavoz económica del PSC, Rocío Martínez-Sampere, ha planteado que, incluso en caso de que jurídicamente se pudiera hallar una fórmula de encaje para Catalunya, ella no es partidaria del concierto económico. Las críticas que ha recibido por ello han sido notables, siempre desde el campo nacionalista-soberanista.

Pero, ¿y si escuchamos sus razones? No le gusta porque defiende fórmulas federales, de soberanías compartidas, como ocurre en todos los estados compuestos o federales. Porque el concierto vasco deja mucho que desear. En la práctica ofrece muy poco al gobierno central. Y se ha tolerado que fuese así por muchas razones.

Otra cosa es que, con el motivo del pacto fiscal, se apueste por una ruptura política con el resto de España. Que se diga y se proponga, si ese es, en realidad, el objetivo.

Pero situar el modelo del País Vasco no ayuda mucho a Catalunya. Hay personas, del mundo del periodismo y de la academia, que, a la que tienen unos pocos días de asueto, corren para el norte de la península buscando inspiración o, tal vez, la buena cocina que, eso sí, tienen los vascos.

Pero si viajan para copiar el modelo de sociedad que han creado, francamente, prefiero el modelo catalán. Y la cocina catalana, además, está entre las mejores del mundo.

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