La decisión del Banco Central Europeo que preside Mario Draghi de seguir en una posición secundaria, sin intervenir en el mercado de la deuda soberana, bajando mínimamente los tipos de interés y su voluntad de permanecer atado a los principios morales de Alemania mantiene en estado de alarma a países como España y Italia. La ortodoxia sólo invita a sus gobernantes a llevar a cabo mayores sacrificios y recortes en los presupuestos, que pueden llevar al colapso de sus ciudadanos. La prima de riesgo sigue disparada, y los beneficios, reales, de la cumbre europea de la pasada semana ya parecen amortizados.

Europa no reacciona. Está sumida en una parálisis difícil de entender, porque la situación empeora cada vez más. El hecho es que no estamos condenados a seguir así. Lo explica Joseph Stiglitz, que ve peligrar la propia existencia del euro.

Pero la paradoja es que a Alemania no le conviene nada este sufrimiento, porque la existencia del euro, de una zona euro, le ha beneficiado enormemente. ¿Se acuerdan de las devaluaciones periódicas de España? Italia también las llevaba a cabo. Para Alemania era bastante molesto, porque, de golpe, esos países recuperaban competitividad. Dentro del euro, ya no podían hacerlo. Aunque entiendo, a veces, las críticas lanzadas contra el economista Vicenç Navarro, me parece necesario y honesto escucharle y leer sus puntos de vista. Y acaba de publicar un artículo valiente en que deja claro a quién beneficia el euro.

Su artículo engarza con una idea importante, y es que los mercados, junto con el poder financiero, han creado un estado de pánico que atenaza al ciudadano, incapaz de levantar la cabeza para proponer una alternativa. La jerga utilizada lleva a la incomprensión y a la necesidad de salvarse cada uno como buenamente pueda. En el libro de Xosé Carlos Arias y Antón Costas, La Torre de la Arrogancia (Ariel, 2011), se expone un conjunto de razonamientos que intentan explicar por qué será difícil un cambio en esa lucha que han ganado los mercados frente al poder político. Una de las ideas es que la crisis no ha traído aún interés por la vida activa, la implicación más directa en los asuntos públicos. Se dirá que no es verdad. Sí hay movimientos y personas muy movilizadas, pero es cierto que no ha alcanzado al grueso de la población, acogotada por sus situaciones personales.

Los dos autores también consideran que no se ha producido un cambio en la visión liberal de la política y el Estado democrático, y en que no parece que exista en los debates sobre cómo “repensar la política” un interés prioritario por la búsqueda de una mayor igualdad y sus efectos económicos. Pero es verdad que, justo en el peor momento de la crisis, ha aparecido un libro importante que Arias y Costas destacan que tendrá una gran influencia –esperemos- en ese eterno debate entre libertad e igualdad: se trata de La idea de la Justicia, (Taurus, 2010) de Amartya Sen, y que busca construir una alternativa a la Teoría de la Justicia de John Rawls. “Una teoría –en el caso de Sen- que no parta, como en el caso de Rawls, de la definición de qué cosa sea la justicia perfecta, sino buscando un razonamiento práctico para juzgar cómo se avanza en mejorar la justicia y reducir la injusticia”, según los dos autores de La torre de la arrogancia, un libro maravilloso para entender lo que ha pasado en el terreno de la teoría económica en los últimos 30 años.

Pero, que duda cabe, no estamos en esas. Estamos en recortes, austeridad y en seguir los mandatos de los prestamistas, a costa de la situación de un paralizado y asustado ciudadano.

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