En el campo de la filosofía política hay especialistas sobre las teorías de la secesión. En el mundo anglosajón la literatura al respecto es abundante. Las universidades británicas, norteamericanas y canadienses suelen ser serias. Hay trabajos importantes, y no se suele banalizar. Uno de los estudios que sigo consultando es el de Harry Beran: A democratic theory of political self-determination for a new world order, dentro del más amplio trabajo: Theories of secession, editado por Percy B. Lehning, dentro del European Political Science Series. Son estudios que se enmarcan dentro del campo liberal y buscan un encaje de los procesos de independencia compatibles con los derechos y la democracia.

Catalunya no debería ser ajena, y no lo es, a estas reflexiones, que no se limitan al mundo académico, sino que buscan, como hacen siempre los anglosajones, un encaje con la realidad.

Pero no demuestran los actores de la política catalana, ni su opinión pública y publicada, un gran amor por el liberalismo.

En los últimos meses son las palabras gruesas y las descalificaciones las que priman en la vida diaria, potenciadas por las redes sociales que no están, precisamente, enriqueciendo el debate. Justo en un momento de gran gravedad económica, los defensores de la independencia de Catalunya, o los que dicen ser defensores, cargan contra España con la idea de que a Catalunya le iría de perlas en un marco europeo. Todo lo negativo proviene de España, mientras que en Catalunya todo es impoluto. Y lo que pasa, como casi siempre, es que no ocurre exactamente ni lo uno ni lo otro.

Los datos de la encuesta del Centre d’Estudis d’Opinió, (CEO), han dado alas a los que se declaran independentistas. En un posible referéndum, el 51,1% dice que votaría por la independencia, frente a un 21,1% que votaría en contra. Pero a la pregunta sobre qué acomodo se prefiere para Catalunya, un 34,4% prefiere un estado independiente, frente a un 28,7% que se decanta por un estado federado y un 25,4% que desea mantenerse como comunidad autónoma. Así que la clave de todo la tiene ese 28,7% que reclama un estado federal, que si se suma a los que defienden la actual autonomía arroja un importante 54,1%.

Pero al margen de las encuestas, lo cierto es que sí ha habido en los últimos años una sensación de hartazgo de la población catalana, que reclama un cierto fin a tanto desasosiego. Cualquier porcentaje que se muestre ahora no es real, porque nadie acaba decidiendo nada menos que la independencia de su territorio hasta que no se formaliza de verdad, con todas las consecuencias, un referéndum. Por eso eran bastante inocuas las consultas por la independencia organizadas hace un año por algunos colectivos.

El desasosiego y el agobio existen, es cierto. Pero hay que precisar. Los medios de comunicación catalanes amplifican un debate que interesa a una población importante, pero que no es la mayoría. Es, eso sí, la más movilizada. Sólo el 20% de los televidentes en Catalunya, por ejemplo, siguen TV3, que ha acabado creando un marco muy determinado, como explicaba el catedrático de Historia Contemporánea de la Universitat Pompeu Fabra, Josep Maria Fradera hace unos años en una entrevista en Expansión.

Josep Maria Fradera, entrevista en Expansión

Esas redes sociales de las que hablábamos han acabado de explotar con el triunfo de la selección española en la Eurocopa de fútbol. Personas respetables, profesionales diversos, insultan a los jugadores del Barça por jugar en la selección, sin pensar, quizá, que hay decisiones individuales y responsabilidades individuales, y que la identificación con Catalunya y España no tiene por qué ser necesariamente incompatible.

El conjunto de catalanes, en todo caso, deberá decidir y lo mejor es que sea pronto, porque no se entiende que pase el tiempo y sigamos en las mismas, con reproches, descalificaciones y malos entendidos. Sigamos a los anglosajones, dentro de una teoría de la democracia netamente liberal y avancemos. Pero rápido. Digamos qué queremos, sin discursos diferentes en la esfera privada y en la pública.

Y trabajemos colectivamente para impedir que tanto Catalunya como España acaben intervenidas, sin capacidad política, ahogadas por la enorme deuda que arrastramos, porque en eso no hay muchas diferencias.