Sí, aquella decisión no estuvo a la altura. No fue la correcta. Pero no podía decidir nada. No se trataba de dilucidar si era correcta o no según mis principios morales en aquellos momentos, o según mi racionalidad estableciendo una clara distinción entre ganancias y pérdidas. No, tomé una decisión, sin un motivo aparente. Todo me llevaba a ello. Tampoco es que me hiciera feliz o me aportara un goce extraordinario, sabiendo, en cualquier caso que era efímero. La tomé.

Sencillamente tomé la decisión.

Muchas personas, no me atrevería a decir que todas, han tomado decisiones de este tipo. Y las seguirán tomando. Precisamente, uno de los grandes errores que han salido a flote en esta grave crisis económica es la consideración de que los mercados toman decisiones racionales. Los mercados y los individuos. En ningún caso. Pero viene esta reflexión a cuento para escribir sobre un magnífico libro, de un autor no muy conocido en España: Kenneth Cook.

Cook es el autor de Pánico al Amanecer (Avance Editorial, 2011). El libro es de 1961, pero no estaba traducido al castellano. Cook fue un escritor, periodista, director y guionista de cine australiano. Y, aunque prolífico, conocido en Australia por sus novelas sobre Koalas asesinos, Cook será recordado (nació en Sidney en 1929 y murió a los 57 años) por Pánico al Amanecer, una novela que se podría calificar como de suspense psicológico, que deja al lector sin aliento, con un deseo irrefrenable de leerlo cuanto antes, a pesar de la sensación de desasosiego y de cierta tristeza.

Cook ambienta la novela en la Australia interior, en Bundanyabba, que podría ser, seguramente Broken Hill, una localidad en la que vivió experiencias importantes a sus 32 años. (La imagen que ilustra este artículo está tomada en el camino que lleva de Broken Hill a Pimba).

John Grant es un profesor de esa Australia rural y aislada. Se toma las vacaciones de verano y regresa a Sidney. Tiene grandes ilusiones. El calor es tremendo y el mar le espera. Tendrá seis semanas de asueto. Pero el viaje no acaba de llegar.

Toma Grant esas decisiones que no se explican. Esas decisiones impulsivas de las que escribía más arriba, las que te cambian la vida o simplemente forman parte de tu experiencia vital, sin más importancia. El hecho es que Cook logra atrapar al lector con su cadencia, con su ritmo y sus diálogos sin mucha trascendencia.

El lector debe ir preparado y la ocasión es inmejorable. El calor comienza a apretar, y una cerveza bien fría al lado siempre viene bien. En esta ocasión, las cervezas volarán. Así es que es mejor tener la nevera llena. Cook le obligará a tomar la jarra sin tregua, porque le pasará al lector lo mismo que a Grant: un encuentro con un desconocido, una invitación a un trago (en Australia se considera poco menos que un crimen que alguien renuncie a beber una cerveza en compañía), no se podrá rechazar.

Grant acaba destrozado, con la moral por los suelos, consciente de que tomó una mala decisión, demostrando que el hombre es muy capaz de descomponerse, sin razón alguna.

Pero el lector gozará de una muy buena literatura. Que nadie olvide unas escenas (el libro tuvo versión cinematográfica en 1971-un clásico del cine australiano) terribles en las que cazadores borrachos, en una noche de calor insoportable, se lían a cañonazos contra los canguros que van encontrando. Cañonazos y más perrerías, todo ello bien regado con cerveza y whisky.

Un choque, en cualquier caso, con uno mismo, con el que es capaz de decidir de forma impulsiva aquello que no le conviene.

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