No me canso de repetir que uno de los libros más ilustrativos, más sinceros y que explican mejor la evolución de la sociedad norteamericana, principalmente la de los trabajadores blancos empobrecidos, es Crónicas de la América profunda, (los libros del lince) con el título original de Deer Hunting with Jesus, Dispatches from America’s Class War, de Joe Bageant.

Sí, la traducción sería algo así como cazadores de ciervos con Jesús, y responde a una secta que existe en la realidad, y que tiene como principales motivos para vivir la afición a la caza y el amor a Jesús.

Bageant, fallecido el pasado año víctima de un cáncer cuando le había llegado el éxito -el libro fue un auténtico fenómeno en Estados Unidos­­- fue un trabajador del periodismo. Más de 30 años de su vida los empleó como redactor de mesa en el Oeste, hasta que decidió un día, sobre la cincuentena, regresar al barrio pobre de Winchester (Virginia) donde había nacido. De su regreso, de lo que comprobó, de la triste vida de sus vecinos, es resultado un libro maravilloso. No es pues ningún ensayo de un sesudo europeo, ni de un intelectual francés o de un señorito demócrata del Este norteamericano. Es el libro de un trabajador de Estados Unidos.

Seguiremos en este blog muchas de las enseñanzas de Bageant, pero, al margen del vídeo que hemos enlazado más arriba, hay una historia que vale la pena contar ahora:

La mentalidad de los norteamericanos tiene unas raíces muy concretas. De los 30 estados conservadores que votaron a George W.Bush en el año 2000, veintitrés estaban en la lista de los treinta estados con mayor población descendiente de los escoceses del Ulster. Bush ganó en nueve de los diez primeros de esta lista con un margen del 55% de los votos. Y sólo se impuso en dos de los diez estados con menor población de escoceses del Ulster: Dakota del Norte y Dakota del Sur.

¿Y quienes eran estos escoceses del Ulster?

Todo se lo debemos a un monarca, el rey Jacobo I de Inglaterra, que necesitaba apaciguar los ánimos de los habitantes del Ulster, que llevaban muchos años peleándose y causando disturbios. Y la brillante idea de Jacobo I no pudo ser otra que hacer que los siempre leales protestantes escoceses (recuérdese ahora que están en vísperas de un referéndum por la independencia) se establecieran en medio de la población católica nativa del Ulster, en Irlanda del Norte. Los resultados fueron desastrosos.

Más tarde estos señores mostraron su lealtad a Guillermo III de Orange y dieron lugar a la figura del orangista, que, para Bageant, es el equivalente norirlandés del fundamentalista blanco americano.

El caso es que los escoceses del Ulster, ante la mala situación de la zona, con una terrible subida de precios, aumentos de impuestos, falta de empleo y caos, decidieron emigrar hacia las costas del Nuevo Mundo a lo largo del siglo XVIII.

Su espíritu se mantiene. Son hombres de frontera, fuertes, con un potencial violento, amantes de las armas, del whisky casero.

Lo importante es que ellos han forjado la imagen de lo norteamericano, aunque llegaran muchos emigrantes de otras zonas del mundo. Y son los conservadores que se rifan los republicanos y que los demócratas nunca han acabado de entender. Ellos pueden ser determinantes de nuevo en las elecciones presidenciales de este año.

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