La canciller alemana, Angela Merkel, se equivocó esta semana en la minicumbre de Bruselas. O tal vez no quiso decir toda la verdad. Merkel criticó que durante muchos años el tipo de interés, fijado por el Banco Central Europeo, fuera muy bajo, incitando a muchos países, como España, a endeudarse. Y, frente a la salida de los eurobonos, que ya no rechaza de forma contundente, Merkel se refirió a la necesidad de planes que estimulen la movilidad laboral en la zona euro. En eso tiene razón.

La Unión Europea no acaba de ser un territorio único para todos los europeos, como ocurre en Estados Unidos, donde un trabajador en paro en Alabama o en Nevada busca nuevas oportunidades en Ohio, Texas o Florida, por poner unos pocos ejemplos.

Merkel fue contradictoria, porque olvidó que los tipos de interés bajos, fijados por un BCE creado a imagen y semejanza del BundesbanK, sirvió en primer lugar a Alemania, necesitada de dinero barato para completar la unificación con la Alemania del este. Olvidó también que las inversiones que llegaron a España procedían de los ahorros alemanes, depositados en bancos alemanes, ávidos de beneficios, que tampoco exigieron muchas condiciones y permitieron el endeudamiento de los países periféricos.

Pero hay que dejar claro un hecho, ahora que el presidente francés, François Hollande, está de moda: no se puede culpar a Alemania de que Europa carezca ahora de una mayor unidad política y fiscal, necesaria si se quiere compartir una moneda. Fue, precisamente, Francia la que puso grandes dificultades.

Antes de ahondar en ello, pensemos en Estados Unidos. ¿Alguien puede pensar que la quiebra de Nevada, un estado también muy castigado por la burbuja inmobiliaria, podría comportar la quiebra de Estados Unidos o el hundimiento del dólar? Los padres fundadores, y especialmente Alexander Hamilton, que inspiró el Banco de Estados Unidos –precedente de la Reserva Federal- diseñaron un estado federal capaz de hacer frente a crisis como la que sufre ahora Europa.

Los alemanes, con Helmut Kohl a la cabeza, sacrificaron su moneda, el marco alemán, y aceptaron el euro a cambio de que el BCE fuera independiente y velara por la ortodoxia fiscal. Pero Kohl, que tampoco compartía del todo el proyecto de “federación de Estados-nación” que impulsaba Jacques Delors, presidente de la Comisión Europea a principios de los años 1990, sí defendía una “unión política”.

François Miterrand, en cambio, se refería a la idea de “gobierno económico”. Los dos mandatarios, con sus definiciones un tanto ambiguas eran conscientes, en todo caso, de que el euro precisaba de instituciones políticas. Los franceses sospechaban de Alemania –una tónica histórica- y consideraban que el proyecto alemán podía pasar por una disolución de los estados nacionales en una federación europea. Y en el tratado de Maastricht, Mitterrand logra que la unión política quede descartada, apoyándose en los británicos contra los proyectos de los federalistas europeos. Esa es la realidad.

Y, aunque basándose en criterios más económicos que políticos, los ciudadanos franceses y holandeses se acaban cargando un nuevo intento de unidad política en el referéndum de la Constitución europea en 2005.

Estamos, por tanto, en tierra de nadie. Con vagas declaraciones de los mandatarios europeos y con las reclamaciones de eurobonos por parte de Hollande –que sería una de las soluciones- mientras países como España se desmoronan. Con lo que no quedan muchas alternativas, o ruptura y recuperación de las monedas nacionales, con un coste brutal, o la creación de un superestado que signifique la pérdida de soberanía como apunta esta semana The Economist.

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