“Si te presto medio penique y tú lo guardas durante mucho tiempo, tendrás que devolverme el medio penique y otro más. Esto es el interés”. El pequeño John Maynard Keynes respondía así ante su padre con cuatro años y medio. El más influyente economista del siglo XX, ahora recuperado por la izquierda europea y norteamericana fue el fruto de uno de los ecosistemas más fructíferos que se hayan dado nunca. Nacido en 1883 en una familia de académicos, vivió la mejor época de la civilización de Cambridge.

Picture: National Portrait Gallery

Su educación explica que sea considerado como un economista práctico, nada sesgado ideológicamente, aunque desde la derecha norteamericana se le haya querido asociar con un supuesto socialismo estatalista. En la casa de los Keynes las abstracciones y la política académicas se podían fusionar con la política municipal. El padre del pequeño John era un catedrático eminente del Pembroke College, especialista en lógica y economía y autor de obras fundamentales en su especialidad. Su madre participaba en la política local, y fue juez de paz, concejal y alcadesa de Cambridge, nada usual para la época en la vida de una mujer.

El joven Keynes entra en contacto posteriormente con el grupo de Bloomsbury, una comuna de escritores y pintores con los que estableció sus amistades más íntimas. Todo era agitación intelectual en un cambio determinante, de la Inglaterra victoriana a la eduardiana. Todos ellos seguían devotamente a George Edward Moore, el filósofo autor del libro Principia Ethica, que descansaba su ética en dos ideas principales: el goce estético y el afecto personal son las dos cosas intrínsecamente buenas, los principios del razonamiento ético.

¿Es todo esto importante para entender a Keynes? Sí, porque su idea de la economía distaba mucho de la consideración actual, y del uso que se ha hecho en los últimos decenios. Su biógrafo, Robert Skidelsky, considera que Keynes siempre tuvo claro que la persecución de la riqueza era un medio, no un fin, y que el fin era vivir “sabiamente, agradablemente, y bien”. Y no admiraba mucho la economía, esperando, eso sí, que los economistas fueran  tan útiles como los “odontólogos”.

Todo ese poso intelectual llevó a su esposa, la bailarina Lydia Lopokova, a decir que Keynes era “más que un economista”, yo diría “mucho más”, afortunadamente, que un economista.

Estas apreciaciones son necesarias para recordar un pasaje que es de plena actualidad. Lo hace Paul Krugman en su libro End this Depression Now, publicado en castellano por Crítica: ¡Acabad ya con esta crisis!

Es un comentario del libro de Keynes Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936), en el que el autor se pregunta el motivo por el que se rechazaba que los gobiernos pudieran incrementar la demanda. Criticaba Keynes la teoría económica “ricardiana”, por el economista de principios del siglo XIX David Ricardo, quien defendía que la economía nunca podía sufrir una demanda inadecuada. Krugman defiende, precisamente, que estamos en una crisis fundamentada en la falta de demanda. Mientras que los economistas neoliberales siguen más cerca de Ricardo.

Dejemos hablar a Keynes en aquel pasaje, que contiene intención y crítica, y que nos lleva a la actualidad, entre las políticas de la austeridad, que buscan el castigo para purgar los excesos, y las alternativas que predican economistas como Krugman.

Palabra de Keynes:

“El carácter absoluto de la victoria ricardiana posee matices curiosos y misteriosos. Tiene que haberse debido a un conjunto de idoneidades entre la doctrina y el entorno en el que se proyectó. Que llegara a conclusiones muy distintas de las que esperaría una persona corriente, sin formación específica, supongo que favoreció su prestigio intelectual. Que su lección, al traducirse a la práctica, fuera austera y a menudo de difícil digestión le aportaba virtud.

Que se la adaptara para soportar una superestructura lógica vasta y coherente le otorgaba verdad. Que pudiera explicar tanta injusticia social y crueldad aparente como un incidente inevitable en el orden del progreso, y que pudiera predecirse que el intento de cambiar tales cosas causaría más daño que beneficio, la hacía atractiva para la autoridad. Que aportara cierta justificación a la libre actividad del capitalista individual le atrajo el apoyo de la fuerza social dominante que hay detrás de la autoridad”

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