Luxemburgo, fuera de la Unión Europea

Luxemburgo, by Victor, by Flickr

Luxemburgo, by Victor, by Flickr

Europa está perdida. El debate sobre el Brexit, con los ciudadanos del Reino Unido sometidos a las necesidades políticas del primer ministro conservador, David Cameron –algún día se deberá reflexionar sobre sus múltiples irresponsabilidades- se suma a la cris por los refugiados que huyen de la guerra en Siria. La Unión Europea mantiene un crecimiento débil, muy próximo al estancamiento, y se pregunta, ahora, qué ha hecho mal desde el inicio de la crisis económica. Ha tenido que ser el propio FMI el que cuestione las políticas de austeridad, y el que reclame ahora una reestructuración de la deuda de Grecia para poder seguir participando en el rescate, frente a los principios ‘morales’ de Alemania.

El peligro es que el Reino Unido decida el 23 de junio abandonar la Unión Europea. El poder financiero apoya a Cameron para que los británicos se mantengan en la UE, tras negociar algunos cambios en los tratados para restringir los derechos laborales de los inmigrantes.

Sin embargo, existen otros problemas de mayores dimensiones. Uno de ellos es Luxemburgo, un país que dejó de serlo hace mucho tiempo, un estado con capacidad de veto en la UE, que se ha convertido en un territorio bendecido por los inversores internacionales. Una de las preguntas que los responsables políticos deberían formularse con todas las consecuencias es si sería conveniente expulsar a Luxemburgo de la Unión Europea, porque la distorsión que crea es cada vez mayor.

Claro que la gran paradoja es que el presidente de la Comisión Europea –el supuesto poder ejecutivo de la UE—es Jean-Claude Juncker, ex primer ministro de Luxemburgo, que sabe como nadie lo que representa esa porción del territorio europeo.

Luxemburgo cofundó la Unión Europea en 1957. Se basaba en la industria del acero. Las finanzas no representaban nada en aquel momento. Pero en los últimos decenios eso cambió por completo.

 

Paraíso fiscal de los paraísos fiscales

El Gran Ducado es ahora “el paraíso fiscal de los paraísos fiscales, está en el centro de la evasión fiscal europea y paraliza la lucha contra esa plaga desde hace decenios”, explica Gabriel Zucman en su libro La riqueza oculta de las naciones (Pasado&Presente).

Con los datos de 2013, los últimos conocidos, Zucman explica que los bancos suizos gestionan 1,8 billones de euros, pertenecientes a no residentes, gracias al secreto bancario. De ese total, un billón de euros pertenece a europeos. Y el 40% de las fortunas gestionadas en Suiza están colocadas en fondos de inversión, principalmente luxemburgueses, con un total de 600.000 millones de euros.

La idea central es que las grandes fortunas europeas roban a Europa, a sus países de origen, que no pueden recaudar por concepto de IRPF, de patrimonio o por sociedades. Y que los responsables políticos anuncian medidas, pero no las aplican, sin que nadie quiera tocar ni un ápice a Luxemburgo, que es vital para todas esas operaciones. Un ejemplo: sin el secreto bancario, por el que se benefician muchas fortunas de ciudadanos franceses, la deuda pública francesa sería del 70%, y no del 94%.

Luxemburgo, dirigido siempre por el Partido Cristiano Social, el de Juncker, tomó una decisión a partir de los años 70: se vendió su soberanía. ¿Cómo? Vendió a las multinacionales el derecho a que ellas mismas decidieran sus propias tasas de impuestos, obligaciones reglamentarias y compromisos legales. ¿Ideas? Zucman las detalla: ¿un gran banco desea crear un fondo de inversión para sus clientes? Que lo coloque en Luxemburgo, porque el estado no le reclamará ni un euro en impuestos. Ese banco, ¿desea vender nuevas acciones para reforzar su capital y satisfacer así las exigencias de los reguladores? Se le facilita que pueda emitir títulos “híbridos”: “acciones para los supervisores, pero obligaciones para el fisco, las rentas pagadas serán deducibles del impuesto de sociedades”. Alucinante, pero cierto.

 

Una plataforma oceánica

Lo que hay en el Gran Ducado no tiene límites: fondos de inversión, holdings de grupos multinacionales, compañías fantasma registradas en paraísos fiscales y bancos privados.

Los que trabajan allí, además, no son de Luxemburgo. Hasta 150.000 profesionales de las finanzas, las auditorías o de las consultorías cruzan dos veces la frontera. Proceden de Francia, –la mitad—y de Bélgica y Alemania.

Zucman lo explica con detalle para entenderlo: “Imaginad una plataforma oceánica donde los habitantes se reunirán durante la jornada para producir y comerciar, eximidos de toda ley y de todo impuesto, antes de trasladarse telemáticamente al caer la tarde para reunirse con su familia en el continente. Nadie podría considerar este lugar, donde el 100% de la producción sería revertida al extranjero, como una nación. ¿Qué es una nación? ¿Y qué es una plataforma? No se sabe dónde fijar el límite, pero el umbral de producción del 50%, al que se acerca Luxemburgo y que podría alcanzar hacia 2020, no resulta poco razonable”.

La cuestión es que es un estado con capacidad de veto en la Unión Europea. En el Consejo Europeo las decisiones se toman por unanimidad. Los 500.000 habitantes de Luxemburgo pueden decidir sobre los 500 millones de europeos.

O se atacan esos privilegios –que benefician, en realidad, a todas las grandes fortunas europeas—o se le expulsa de la Unión Europea. ¿Pero a quién le interesa que eso suceda?

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