El brexit, el cambio climático, ¿por qué odiamos a los expertos?

London, by JH Images.co.uk, by Flickr

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La tecnocracia. Ese es el peligro. Es lo que afirman los que dicen amar la democracia, y se muestran proclives a dar la voz al pueblo. De una manera, claro, sospechosa. Ha ocurrido en el Reino Unido, y en Cataluña en los últimos años. Numerosos colectivos piden que se consulte a la población para casi todo, porque eso es lo democrático. En contraposición, se odia a los expertos, porque, a fin de cuentas, se equivocan en exceso, y no han sabido ver todo lo que ha sucedido, ni en el conjunto de la economía, ni en la política internacional. ¿Pero puede una democracia realmente persistir sin expertos, sin confiar en ellos, sin buscar con ellos salidas a conflictos sociales, económicos, políticos o medioambientales?

Algunos ‘expertos’, precisamente, lo que comienzan a discutir es la propia potencia de la democracia, y cuáles son sus límites, como el politólogo Josep Maria Colomer.

Es una de las grandes discusiones que afecta a Europa en estos momentos. En el Reino Unido, pese a todos los estudios que aseguraban que una salida del país de la Unión Europea podría comportar serios problemas, ganó la opción del brexit. De hecho, esa confluencia de opiniones contrarias al brexit, formuladas por economistas y por individuos ‘educados’ provocó el efecto contrario.

Ello por dos razones, tal vez, que conforman una paradoja. Y es que la parte de la población con menos formación se dejó llevar por esa actitud contraria ‘a los que saben’. Pero el brexit también contó con apoyos de individuos formados, que desconfían de los expertos, precisamente porque se consideran capaces de pensar y actuar por ellos mismos. Es lo que ocurre con el fútbol, muchos aficionados consideran que podrían ser unos excelentes entrenadores, porque tienen un puñado de nociones sobre cómo debe incorporarse un lateral al ataque.

Lo ha analizado bien Jean Pisani-Ferry, que reclama que los expertos actúen con una mayor modestia, para ganarse la confianza de los ciudadanos. Un ejemplo ilustra el problema. Resulta que en una encuesta del Pew Research de 2015 se mostró cómo tres países, con mayor formación, se distanciaban más de los efectos del cambio climático que otros tres países con mucha menor formación. La preocupación sobre el cambio climático era menor en Estados Unidos, Australia y Canadá, con 12,5 años de escolaridad media; mientras que se tomaban en serio el problema en Brasil, Perú y Burkina-Faso, con seis años de escolaridad media. ¿Es el mundo al revés?

Esa distancia, entre el mundo de los expertos, de los académicos, de los que deben ofrecer ciertas garantías para poder aplicar políticas públicas –por parte de los políticos– es la que está provocando el ascenso de los populismos. La propia democracia fomenta que se ataque a la democracia. Es decir, la percepción de que todos sabemos ejercer de entrenador, provoca que no nos tomemos en serio al propio entrenador. Pisani-Ferry advierte del peligro de que la democracia no pueda prosperar si se la deja vacía. Y pide, y aquí llega el gran debate, escenarios abiertos y instituciones nuevas.

Y es que han sido, tradicionalmente, los medios de comunicación los que contribuían a jerarquizar los problemas, y a dar voz a los que, realmente, podían aportar soluciones. Pero eso se ha acabado, o está en vías de acabarse. Los medios se han transformado. Con la era digital buscan su propio camino. Esa fragmentación mediática ha afectado de forma clara al poder político. Eso también se podría achacar a los propios expertos.

Los economistas, por ejemplo, se centran en algunas cuestiones muy concretas. Se han especializado, como todas las profesiones. Pero, ¿quién actúa como aquellos viejos profesores de Economía Política? ¿Quién se interesa en que una sociedad determinada debe asegurar su cohesión a medio y largo plazo, y que los intereses de las clases medias y bajas deben ser los mismos que los intereses de las clases media-altas?