Todos los hombres blancos de Trump

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¿Cómo analizaría ahora Joe Bageant el posible ascenso de Trump a la presidencia de Estados Unidos? A sólo dos días de las elecciones, Trump tiene opciones, pese a las críticas de las últimas semanas, a los escándalos sobre su trato vejatorio a las mujeres, y el apoyo de todo el sistema a Hillary Clinton. Bageant, un periodista de raza, con poca suerte en la vida, escribió uno de los mejores libros sobre su país: Crónicas de la América profunda (Libros del lince), cuyo título original era más claro: Deer Hunting with Jesus, Dispatches from America’s Class War. Creo que sería muy necesario que Malpaso, que ha adquirido Libros del lince, pudiera reeditar una obra maestra.

Bageant, originario de Winchester, en Virginia Occidental, desarrolló su carrera profesional en California. Regresó a su casa una vez jubilado, y con problemas de salud. Falleció de cáncer en marzo de 2011, justo cuando había comenzado a tener un enorme éxito con su libro, producto de sus entradas en su blog personal, y con constantes entrevistas en televisión. Lo que constató Bageant al regresar a Winchester es que el mundo en el que había creído había iniciado una profunda regresión. Los trabajadores blancos, religiosos, con raíces en Escocia o Irlanda del Norte, los bisnietos y nietos de los pioneros que se fabricaban su propio whisky y que rechazaban con violencia que las autoridades federales les advirtieran de que esos brebajes debían pasar por un control sanitario, se habían encerrado en sí mismos.

Habían perdido sus trabajos en la industria, no entendían nada de lo que se cocinaba en la coste este, y en Washington, y consumían sin parar programas de entretenimiento y deportes en televisión. Siempre, claro, provistos de muchas cervezas y alcohol en abundancia. Bageant era uno de ellos, pero se llevaba las manos a la cabeza. Les culpaba por refugiarse en sus hogares, con la pantalla de televisión, pero también lanzaba reproches a los responsables políticos que no querían mezclarse con ellos en la barra de un bar. Y, en concreto, criticaba al Partido Demócrata por no saber qué hacer con unas clases sociales que se sentían los grandes perjudicados por la modernidad y la globalización.

Son esos colectivos, los amantes de la caza, los que tragan su whisky, los que se inclinan ahora por Trump, gracias, también, a décadas de consumo televisivo, a horas y horas de entretenimiento, mensajes directos y fáciles, y espectáculo deportivo sin parar.

De esa parte de Estados Unidos nadie quiere hablar. Pero existen. Los republicanos hace tiempo que lo saben. Pero sus dirigentes también beben de los centros educados de la costa este. Los Bush, pese las raíces texanas de George W. Bush, pertenecen al mundo de la Costa Este.

Sin industria

Esos trabajadores blancos, sin referencias, no están solos. Sería ahora también oportuno que George Packer nos indicara cómo ha evolucionado Tammy Thomas. Packer, autor de un libro vital, El desmoronamiento (Debate), explica las trayectorias de personas anónimas, que combina con políticos y personalidades de éxito en la vida norteamericana. El caso de Thomas es de enorme interés. Una chica negra, concienciada, con valor y enorme arrojo, que nace en Youngstown, Ohio. A través de ella, Packer explica cómo la industria de acerías que brilló en la segunda parte del siglo XX, con hornos que funcionaban veinticuatro horas al día, y que proporcionaban empleo y vida para todos los colectivos en aquellas ciudades, se borró por completo. Ya no existen. ¿Los trabajadores negros, empobrecidos, apoyarán a Trump? No apuestan por él, en la misma proporción que los obreros blancos, pero tampoco se ilusionan mucho por Hillary Clinton.

En Estados Unidos es importante tener en cuenta que la voz cantante, la que da identidad –todavía—al país es una mayoría de la población que es blanca, y descendiente del Reino Unido. Se puede, sin embargo, afinar todavía más para entender esa realidad. Lo explicó Bageant: De los 30 estados conservadores que se inclinaron por George W. Bush en 2000, hasta 23 estaban en la lista de los 30 estados con mayor población descendiente de los escoceses que provenían del Ulster, ahora Irlanda del Norte. Bush ganó en nueve de los diez primeros, con un margen del 55% de los votos. Por contra, sólo ganó en dos de los diez estados con menor población de esa procedencia, en las dos Dakotas.

Fue el rey Jacobo I de Inglaterra, que se vio obligado a calmar las cosas en el Ulster, con disturbios permanentes, el protagonista de esta historia. Y promovió que los escoceses, protestantes, se establecieran en el Ulster. Esos mismos protestantes mostrarían posteriormente su lealtad a Guillermo III de Orange, dando lugar a la figura del orangista. Según Bageant, esa figura es el equivalente noirlandés al fundamentalista blanco americano.

Pero lo que interesa ahora es que esos escoceses, en una situación económica desastrosa, emigraron hacia las costas de Estados Unidos a lo largo del siglo XVIII. Y actuaron de forma terrible. Hombres de frontera, cerrados, amantes de las armas, acabaron configurando la imagen del país, de la identidad de Estados Unidos, del pueblo americano, al margen de las elites educadas, y del resto de inmigrantes que se acabaron haciendo un hueco.

Y resulta que Trump es de origen escocés. Es perfecto para esa población que sigue pensando que es ella la que debe dirigir Estados Unidos, desde sus casas, con sus cervezas, viendo la televisión, fomentado que el Ejército tenga mano dura con todos. Y con la escopeta en el rincón del salón, por si es necesario utilizarla.

Puede ganar. Tiene muchas opciones, mientras la costa Este sigue sin entender qué ha sucedido.