Cameron o la falsa bicicleta de los conservadores

Old Bike by Fouquler by Flickr

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Coger la bici. Es una bonita expresión. Sirve para desplazarse. Es ecológica. Pero es también la frase que en el Reino Unido se asocia a los conservadores más implacables, a los tories que han ido arrinconando a una clase social que no viste bien, que queda mal en los sitios, y que pide demasiadas ayudas.

La frase se repite desde 1981, dos años después de que Thatcher accediera al gobierno. La pronunció Norman Tebbit en el congreso del Partido Conservador. Tebbit explicó que su padre, cuando lo pasaba mal, “cogió la bici y se fue a buscar trabajo, y siguió buscando hasta que lo encontró”. Así de sencillo.

¿Qué quería decir Tebbit? Que todos los parados que se habían quedado sin fábricas, porque el Gobierno conservador había decidido prescindir del norte industrial, y apostar –es tal vez la mejor expresión—por la economía financiera y el sector servicios, se buscaran la vida. Que no fueran unos vagos, y que “cogieran la bici” para labrarse su futuro.

A partir de aquel momento, la expresión se acabó modificando por un “coger la moto”, que resumía las grandes directrices del thatcherismo: los parados debían asumir su responsabilidad personal por los problemas que el Gobierno les había colocado. Y, por tanto, las prestaciones por desempleo se podían rebajar –porque no era culpa del Gobierno, sino de ellos–. Lo que ocurrió es perverso: los trabajadores lucharon por sus trabajos perdidos, y, por ello, fueron demonizados. ¡Cómo se atrevían!

Todo ese proceso lo ha explicado con crudeza Owen Jones, en su libro Chavs, la demonización de la clase obrera. El libro podría pecar de excesivo, de dramático, si no fuera porque el primer ministro conservador, David Cameron, sigue la misma línea, e, incluso, está superando a sus mentores.

El Gobierno británico, que tiene las elecciones a seis meses, ha presentado un nuevo plan, y consiste en lograr la panacea de un neoliberal: un Estado mínimo. Defiende más recortes, hasta de 75.000 millones de euros, que, entre otras cosas servirán para que esas clases sociales no abusen, supuestamente, de los subsidios. Y propone que el gasto público se reduzca al 35% del PIB, que sería el nivel más bajo desde 1938. Tremendo. La Iglesia anglicana trata ahora de que rectifique.

Los liberales de Nick Clegg no saben dónde meterse. Aunque les está bien, porque Cameron si algo tiene es que no ha engañado nunca sobre sus propósitos.

En un blog como éste, con Keynes en el frontispicio, es interesante ver la empatía de un dirigente político, teniendo en cuenta sus orígenes sociales. Keynes lo intentó. Y defendió con ardor a los trabajadores, a pesar de que él provenía de una élite ilustrada. Un político, al margen de su formación y de su educación familiar, puede conectar perfectamente con sus electores, sean cuales sean. Pero es cierto que si se vive muy alejado de la mayoría de ellos, sus necesidades vitales se verán como algo fuera de lugar.

Si Cameron viaja a Glasgow es muy difícil que pueda empatizar con un antiguo obrero industrial. No sabe nada de ese mundo. Ni ha querido saberlo. Cameron lo ha dejado claro en algunas reuniones privadas. “Mi padre era agente de Bolsa, mi abuelo era agente de Bolsa, y mi bisabuelo también”, aseguró en una reunión con señores de la City.

Estudió en el colegio privado Heatherdown en Berkshire, que es el mismo en el que estudiaron los príncipes Andrés y Eduardo. Cuenta Owen Jones que Cameron a la tierna edad de once años viajó en Concorde a Estados Unidos con cuatro amiguitos de su clase para celebrar el cumpleaños de Peter Getty, el nieto de un magnate del petróleo, John Paul Getty. Y añade Jones que un antiguo tutor de Cameron, Rhidian Llewellyn, recuerda ver a los chicos comiendo caviar, salmón y ternera a la bordelaise, y brindando con una copa de Dom Perignon del 69 por la salud del homenajeado.

Luego llegó Eton, Oxford, los viajes, los contactos del padre, y la relación con el Partido Conservador. Todo muy lógico, y siguiendo la tradición. Sin contratiempos. Y directo para ocupar algún día el cargo de primer ministro.

¿De verdad se puede conducir un país sin conectar con una buena parte del país?

A Cameron las ayudas sociales le sobran. No las ve necesarias. Lo mejor es aconsejar “coger la bici” y buscar trabajo por ahí.

El liberalismo sigue siendo una opción válida. Tal vez es la más revolucionaria en estos momentos. Siempre que se entienda, claro, lo que nos enseñó Stuart Mill, que el liberalismo es la defensa de la igualdad de oportunidades, para después correr hasta que nuestras aptitudes nos lo permitan.

¿Pero de verdad hay igualdad de oportunidades entre un chico de Glasgow, al que se le mira por encima del hombro por necesitar ayudas sociales, y un bisnieto, nieto e hijo de un agente de Bolsa? No las habrá, si se sigue reduciendo el estado social.

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