Toni Soler, España y la desorientación independentista

 

Andorra por Gantxe, by Flickr

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El verano ya no es como los de antes. Es un tópico. Porque, ¿qué se quiere decir cuando se señala ‘como los de antes’? En cualquier caso, es evidente que las nuevas tecnologías no permiten, por muchos esfuerzos que se esté dispuesto a realizar, permanecer ajeno a todo lo que está sucediendo en las últimas semanas. Pero el verano también ofrece oportunidades para la reflexión, para analizar lecturas recientes, o para recuperar textos que ahora son más que oportunos.

Apuntaba Vicens Vives en España contemporánea (1814-1953), el libro que publicó El Acantilado en 2012, –el título original era L’Espagne— que el catalanismo político fue la consecuencia de dos decepciones: la de los republicanos federalistas y la de los carlistas. Si Valentí Almirall representó a los primeros, con Lo catalanisme (1886), Torras i Bages abordó la segunda, en La Tradició catalana (1892). Desde el punto de vista económico, ese catalanismo nació de la mano de Fomento del Trabajo Nacional –la actual Foment—que luchó en contra de la política librecambista de las dos primeras décadas de la Restauración.

Y es que Fomento lograría, posteriormente, una de las medidas que más ha ayudado históricamente a Catalunya para poder desarrollar su industria –la gran diferencia respecto al resto de España–, porque el proteccionismo fue decisivo para el conjunto de la economía catalana, algo que el actual soberanismo debería tener más en cuenta.

El punto que deberíamos retener es que Catalunya quiso salvarse a sí misma, pero también a España, con el intento de modernizar sus estructuras. Vicens Vives, como Cacho Viu en El nacionalismo catalán como factor de modernización, sostiene que “el regionalismo no negó a España, en tanto que realización histórica. Lo que negó fue la interpretación dada de su historia por el liberalismo centralizador, la obligación para el país de marchar al mismo paso que Castilla, y las consecuencias políticas y económicas que se derivaban de ello”.

Esas reflexiones abordan las últimas décadas del siglo XIX. Del análisis de lo que ocurrió posteriormente se podrá entender mejor o peor lo que sucede ahora. Es decir, para quien niegue que no ha pasado nada desde entonces, el independentismo estaría justificado.

Cacho Viu, un autor que se debería conocer mucho mejor en Catalunya –y que deberían leer los soberanistas, aunque Jordi Pujol lo conoce en profundidad—consideró que el nacionalismo catalán había ganado la partida.

Porque, a pesar de las deficiencias, y de los problemas de todo orden que presenta España, no se puede dejar de lado la enorme transformación de todo el país, incluyendo a Catalunya. Y, en todo caso, los defectos no son mayores en el resto de España, como se acaba de comprobar con los casos de corrupción en Catalunya, entre ellos ni más ni menos que el del President Jordi Pujol, con su cuenta no declarada en Andorra.

Por tanto, los argumentos del independentismo sólo pueden obedecer a un voluntarismo, a un “porque sí”, del todo respetable, pero con ningún añadido moral.

El caso es que el movimiento soberanista está hecho un lío. De tal calibre que representantes importantes, como Toni Soler, llegan a sostener principios por lo menos sospechosos. Se queja Soler de que le ha llovido todo tipo de críticas, e, incluso, insultos, por defender ideas como éstas: “Construiremos un país para todos, claro, pero me gustaría pensar que, si tenemos éxito, los oportunistas recibirán el trato que se merecen cuando intenten hacerse la fotografía al lado de los vencedores”.

Es decir, Soler recela de los falsos soberanistas, de los que se acercan al movimiento por si tiene éxito, y les advierte. ¿Qué tipo de “trato” recibirán, Soler? No es de recibo. Porque si se recela de los “oportunistas”, qué se dispone para los ‘no soberanistas’?

Se trata de la desorientación que impera en todo el colectivo soberanista. Y en la falta de proyectos políticos serios que sufre Catalunya.

La realidad se ha tergiversado, se explican las cosas a conveniencia, se exageran las dificultades, y se prefiere demonizar esa España que se sigue viendo como el proyecto de Castilla, sin admitir que el avance ha sido enorme, que estamos en otro momento de la historia, y que la paradoja es que todo eso se ha debido en gran medida al esfuerzo del catalanismo político. Esa Catalunya moderna ganó, y de ello se beneficiaron todos, pero en Catalunya nunca han gustado las victorias.

Esa es una gran anomalía local.

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