El falso relato del independentismo catalán

Universidad de Cervera, by Flickr, by Jordi Joan Fàbrega

Universidad de Cervera, by Flickr, by Jordi Joan Fàbrega

 

Insistencia. Perseverancia. Decía Camilo José Cela que quien resiste vence. Y el nacionalismo catalán, que ha derivado hacia el independentismo, lleva muchas décadas con esa actitud. El nuevo presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, ha reiterado el mensaje, y asegura que hace 300 años se quiso acabar con la “nación catalana”, pero que se logró superar aquella situación y que ahora se construirá un país nuevo.

Una gran parte de la sociedad catalana ha comprado ese mensaje. Se lo cree. Y si una gran mayoría de los catalanes quiere un país independiente lo tendrá, porque no se puede ir en contra de las mayorías, tengan o no tengan razón, y a pesar de que se vulneren todas las leyes. El tiempo lo dirá.

Pero acogerse a la historia tiene sus peligros. Lo que ocurrió en 1714 no tiene nada que ver con la nación catalana. Entre otras cosas porque las naciones son vaporosas, porque han sido los estados los que han construido las naciones, desde arriba, aunque es evidente que sin una base material no se puede realizar.

Habrá o no la voluntad de hacer lo que se quiera, pero los catalanes no pueden mantener esa actitud acrítica respecto a la historia, sólo porque Puigdemont u otros independentistas repitan de forma machacona un mismo mensaje. Jordi Canal lo ha explicado en su libro Història mínima de Catalunya (Turner). Canal (Olot, 1964), es doctor en historia y profesor en L’École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS, París).

Asegura que las declaraciones de Artur Mas, en la línea de las efectuadas ahora por Puigdemont, según las cuales se iba a ganar en las urnas, en 2014, lo que se había perdido en 1714 por las armas “resultan desde un punto de vista histórico, una barbaridad”. Y añade que el proceso sólo resulta comprensible “en el marco en el que se produjo, y con el lenguaje en el que estaba planteado. No se trató ni del final de la nación catalana ni de la supresión de un sistema democrático”.

El acuerdo con Felipe V

La lectura de aquel período histórico se ha tergiversado por completo. Y eso no tiene nada que ver con lo que quieran los catalanes en el futuro. Pero a los dirigentes políticos hay que pedirles que sean más respetuosos. Canal recuerda que Felipe V se sintió traicionado, porque entre 1701 y 1702 había llegado a acuerdos y respetado las constituciones catalanas. “Se aprobaron medidas muy favorables, en especial respecto a las demandas de la burguesía mercantil: el envío de dos barcos anuales a América, la creación de una Compañía Náutica Mercantil y Universal o un puerto franco en Barcelona. A cambio se hizo un generoso donativo al Rey. Los elogios a Felipe V fueron frecuentes”.

Hay otras interpretaciones, intereses cruzados, negociaciones diversas, pero no se trató de ningún fin de la nación catalana, que cobró forma, realmente, con la Reinaxença en el siglo XIX, el gran siglo en el que se construyeron todas las naciones occidentales, también la española.

Por eso también sorprende que se insista en que Puigdemont es el presidente número 130 de la Generalitat, como si fuera el continuador de la obra de hombres muy distintos, clérigos en su mayoría, producto de situaciones históricas muy distintas.

Vamos a contar las cosas de otra manera, ¿no sería mejor? Y si los catalanes quieren, de verdad, constituir un estado que busquen una mayoría social que lo haga posible, pero sin retorcer la historia.

 

 

 

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